Mostrando las entradas con la etiqueta Bachelet. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Bachelet. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de enero de 2018

Viaje al interior de sí misma - Max Colodro


Con seguridad, si aún existiera la RDA la peregrinación final habría sido hacia allá. Pero la historia ya se encargó de poner a ese engendro en su sitio, es decir, de borrarlo literalmente del mapa. Cuba, uno de los últimos museos vivientes de la Guerra Fría, era por tanto una alternativa razonable. Así, en un gesto cargado de símbolos, Michelle Bachelet decide ir a despedirse de una de las cristalizaciones más fieles de su utopía, una de esas reliquias detenidas en el tiempo que extrañamente seducen a muchos que se dicen “progresistas”.

En más de un sentido, la elección de Cuba es perfecta para poner el broche de oro a esta administración: un gobierno desde el primer día extraviado en sus obsesiones ideológicas, sin ninguna capacidad para entender las señales que día a día y mes a mes estuvo mostrando la realidad, donde la impertérrita confianza en los fines hizo que la calidad y el costo de los medios no tuviera ninguna importancia. En fin, un proyecto político marcado a fuego por el imperativo de la polarización, por el uso y abuso de una mayoría parlamentaria sin la más mínima intención de buscar acuerdos con la minoría.

Apostar por Cuba es coherente también porque, quizá como ningún otro caso, encarna a la perfección el escandaloso doble estándar con que un sector todavía relevante de la izquierda chilena valora los DD.HH. y al sistema democrático. La forma en que se los defiende cuando son violentados por dictaduras de derecha y la manera en que se los relativiza en regímenes socialistas como el cubano ha sido históricamente impúdica. La propia Michelle Bachelet, que con toda legitimidad se ha transformado en un baluarte en la defensa de los DD.HH. violados en Chile por la dictadura de Pinochet, jamás ha tenido el más mínimo gesto o palabra de condena frente a los graves atropellos y a la falta de libertad que se vive a diario en países como Cuba o Venezuela ni qué decir sobre las tétricas realidades que se vivían en su adorada RDA. Este viaje, entonces, tiene el mérito de volver a ilustrarnos sobre esta vergonzosa inconsistencia.

Finalmente, quedará también para el anecdotario que la supuesta agenda comercial que según la autoridad justificó este periplo, fue tan prolijamente elaborada que a pocos días de partir el propio ministro de Economía no sabía que era parte de la comitiva. Asimismo, que un grupo transversal de parlamentarios solicitara a Bachelet realizar un gesto hacia la disidencia cubana, petición firmada incluso por Alejandro Guillier, es decir, por el excandidato presidencial del propio gobierno, es una clara señal de que a La Moneda este viaje tampoco le salió gratis en las filas del oficialismo.
Pero es probable que a Michelle Bachelet todo esto la tenga sin cuidado. Para ella viajar a Cuba es la ocasión de reencontrarse con su historia, sus sueños y sus convicciones. Esa dimensión de sí misma que ninguna realidad y ninguna evidencia puede remover.

Cuba en el legado de Bachelet. - Roberto Ampuero


No sorprende que Michelle Bachelet culmine sus giras internacionales presidenciales con una visita al dictador cubano Raúl Castro. No sorprende, porque sabemos que en su alma anidan simpatías hacia Fidel Castro, a quien tras su deceso calificó de "líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina"; hacia el régimen castrista, que lleva 59 años en el poder, y a algunos Estados socialistas, como la RDA, que desapareció en 1990 por decisión de sus ciudadanos. En un país democrático como el nuestro, su presidenta/e tiene derecho a celebrar a dictadores, pero sus ciudadanos también tienen derecho a criticar su doble estándar: Bachelet condena (con razón) a una dictadura de derecha que duró 17 años, pero se emociona con una tiranía totalitaria de izquierda que se acerca a los seis decenios.

Lo que sí sorprende es que, con su visita a La Habana, la líder de la izquierda chilena esté hurgando en una llaga abierta en su sector. Su viaje es al pasado, porque rinde tributo a un régimen que fue por mucho tiempo bandera de la izquierda criolla y regional, pero que hoy, por su fracaso político y económico, la divide. Se trata de un incómodo desplazamiento, pues deja al desnudo un parteaguas que separa a fuerzas socialdemócratas, reformistas y centristas, por un lado, y a las que se identifican con el socialismo clásico, el Socialismo del Siglo XXI o el populismo estatista, por otro. Y desconcierta también a los socialcristianos auténticos, que creen en la democracia liberal, el pluralismo y el respeto a los derechos humanos.

Curioso que Bachelet no se plantee que lastima a muchos en su sector, porque en un régimen como el cubano, ninguno de los partidos que la han apoyado en sus dos gobiernos -salvo el comunista- podría existir. Los socialdemócratas, el PPD y la DC lo saben: partidos de sus colores o tendencias no solo están prohibidos, sino que son reprimidos duramente en cuanto empiezan a emerger. Muchos cubanos de esas sensibilidades han pagado con cárcel, exilio o muerte por sentir como un socialdemócrata o un socialcristiano. Y todo eso no puede barrerse bajo una alfombra de cálculos políticos y apego al poder en Chile. Curioso que la Mandataria, en sus últimas semanas en ejercicio, vuelva a La Habana, donde sufrió un faux pas político en 2009, y hasta perdió contacto con sus escoltas de Carabineros por salir presurosa con la seguridad cubana a una audiencia que le concedió un Fidel ya supuestamente "retirado".

El gesto de Bachelet tiene un lamentable e insensible correlato en las Juventudes Comunistas de Chile. Estas acaban de conmemorar la llegada de los Castro al poder enviando su "más fraternal saludo al pueblo cubano que sigue luchando contra el imperialismo norteamericano y sus secuaces". Lo cierran con un "Patria o muerte. ¡Venceremos!", que huele a Che Guevara, Castro, Chávez, Ortega y Maduro, a intolerancia y dogmatismo.

Los comunistas criollos, que sufrieron persecución y exilio bajo el régimen militar, aplauden a la dictadura de los hermanos Castro, la identifican con la voluntad del pueblo y tratan de "secuaces" a los cubanos que no la apoyan ni gozan del derecho a escoger el gobierno que deseen. Tanto la simbología del viaje de Bachelet como la apología comunista a la dictadura cubana muestran que la Nueva Mayoría, o una nueva constelación similar que surja, no podrá disimular las insalvables diferencias que la cruzan en lo relativo al modo en que entienden la democracia, la libertad y los derechos humanos. Tratar de ignorar esto, considerarlo una diferencia menor y manejable, y continuar tejiendo alianzas entre partidos que discrepan en asuntos tan esenciales, está condenado a generar alianzas y eventuales gobiernos erosionados desde un comienzo por divisiones y crisis.

¿Qué lleva a Bachelet, en el crepúsculo de su segundo gobierno, a realizar un gesto simbólico a una dictadura que no contribuye a la unidad, pero sí a la división de las fuerzas que la acompañaron? ¿Constituye su abrazo con el castrismo un cierre de inventario, o el inicio de una nueva etapa en su vida política, más radical? ¿Su valoración de los fracasados regímenes de partido único y economía estatizada integra el legado final de Bachelet, o construye la plataforma de una actividad política futura nacional o internacional? Está por verse. El secretismo es parte de su escuela política.

Es de esperar que la Mandataria, que sufrió en carne propia los rigores de una dictadura, recuerde en La Habana la etapa en que Chile contó con respaldo internacional para recuperar su democracia, y se reúna con quienes discrepan del castrismo. Ahí están opositores al régimen, organizaciones no gubernamentales, grupos disidentes, las Damas de Blanco, agrupaciones de derechos humanos, intelectuales y periodistas independientes. Si pudiese hacer ese gesto solidario y democrático hacia quienes piensan diferente al régimen instaurado por los Castro en 1959, Bachelet estaría enriqueciendo y humanizando el legado que aspira a dejar. De lo contrario, su legado en lo relativo a Cuba dirá: Apoyó hasta el último día a la dictadura castrista.

Con su visita a La Habana, está hurgando en una llaga abierta en su sector.

domingo, 23 de julio de 2017

Diálogo de Sordos - Reforma Educación Superior

Diálogo de sordos

   
¡Tenemos ley de educación superior, por lo menos, aprobada por la Cámara de Diputados!

Se suponía que era la más importante de esta administración. Aquella que debiera marcar el rumbo del país en el desarrollo social, económico, tecnológico de este siglo, y que nos debiera permitir seguir liderando en Latinoamérica en los indicadores educacionales.

¿Y qué ley tenemos? Una que, como producto de la desprolijidad en su trabajo prelegislativo y de la evidente falta de voluntad por escuchar, su discusión terminó centrándose exclusivamente en la gratuidad, aprobando una ley que traerá nefastas consecuencias para el país.

Atrás quedaron las declaraciones del entonces ministro de Educación, que día a día nos sorprendía con alguna nueva analogía. Se recordarán de algunas: quitar los patines, títulos de bakelita, gestor inmobiliario, apoderados embaucados, compra de fierros, fijación de precios, competencia libertina, y otros tantos que utilizaba como argumentos para la reforma educacional de la Presidenta Bachelet.

Hasta que a mediados de 2015 tomó la posta una ministra de Educación, quien realizó indescifrables esfuerzos, por la vía de minutas que trascendían, para sacar adelante la reforma. Claramente fue pragmática. Realizó 14 cambios para que, por fin, la Cámara aprobara un proyecto. Un proyecto a medias, porque dentro del pragmatismo tuvo que prometer muchas cosas. Sacar a las universidades estatales y redactar una ley especial para ellas; poner fin al Crédito con Aval del Estado; gratuidad universal, se supone, en treinta años más; entre otras.

Pero lo más curioso es que a pesar de los esfuerzos gubernamentales, de los sucesivos e improvisados cambios, de las promesas, de la presión para que se legislara al estilo fast track , nadie, pero nadie, quedó contento.

El Consejo de Rectores fue duro. Su vicepresidente dijo: "No estamos disponibles para proyectos políticos o ideológicos de carácter contingente". Y ya informaron que se reunieron con el presidente del Senado... "para hacerle ver que el proyecto (...) contiene graves desequilibrios".

Las universidades Austral, Concepción y Santa María cuestionaron el nuevo modelo de gobernanza que se establece y anunciaron la preparación de indicaciones para ser presentadas en el Senado, pues de otra manera esas universidades se encontrarán infringiendo la ley.

El rector de la PUC, en una fuerte carta pública y luego de un análisis del proyecto expresó: "Estos son tres ejemplos que reflejan falta de conocimiento, madurez y profundidad intelectual de un proyecto que, a pesar de sus falencias, sigue avanzando, con nefastas consecuencias para el desarrollo de la educación superior del país".

La UDP y U. Alberto Hurtado hicieron ver en carta pública su disconformidad con la forma en que se calculan los aranceles regulados que les significan cuantiosos déficits en sus presupuestos, haciendo presente que tendrán que revisar su decisión de mantenerse en gratuidad o retirarse de la misma.

Las universidades privadas no gratuitas hemos planteado hasta el cansancio que este proyecto no solo es de una mala calidad técnica, ideologizado, que violentará la autonomía de las universidades y que afectará seriamente la calidad de las mismas y, lo más grave, que el Estado tomará el control del sistema a través de la Subsecretaría de Educación Superior, dejando el futuro de las instituciones sujeto a los vaivenes de los gobiernos de turno.

Los alumnos, todos hemos sido testigos del rechazo que han manifestado en las calles, en cartas públicas y en el Congreso. La sociedad, de acuerdo a los estudios de opinión, nos indica que casi 7 de cada 10 chilenos se muestran en desacuerdo con la reforma.

Y en el Congreso también se sintieron voces de descontento. El Gobierno, en un acto de sublime irresponsabilidad, presionó e hizo que el proyecto se votase en una sesión que duró 23 horas y luego solo dio una semana de plazo a la comisión de Hacienda de la Cámara para discutir un proyecto que nos costará a los chilenos, 3.500 millones de dólares anuales.

Es peligroso lo que está pasando en el país, nadie está de acuerdo, pero el Gobierno insiste y logra su aprobación, con los mismos legisladores que se quejaban. Es curioso cómo la obsesión por sacar adelante una promesa de campaña hace que se pierda de vista el interés general de la nación. Todos la rechazan, salvo... el Ministerio de Educación, que la empuja. Un verdadero diálogo de sordos.

Rubén Covarrubias Giordano

Rector Universidad Mayor

domingo, 22 de mayo de 2016

Cuenta Presidencial 2016 - Un Cuento


Un discurso simple y, lo peor, fiel  -  Carlos Peña

   
La primera parte del discurso -consistente en poner las acciones "en perspectiva histórica", según se anunció en las primeras frases- reveló la mirada que la Presidenta y el Gobierno tienen de la modernización de Chile.

Y se confirmó que la Presidenta está atrapada en un mal diagnóstico.

La Presidenta describió los últimos años de la evolución de Chile de una manera más bien tenebrosa, con exageraciones que el redactor del discurso dejó que tuvieran un leve tinte adolescente: una productividad estancada, un sistema político anegado de malas prácticas, una educación de calidad solo para quienes podían pagarla, un Estado lento, y un mercado opaco y poco competitivo. Su gobierno, dijo la Presidenta, tenía por propósito curar esas heridas. "Por eso -concluyó en la primera parte- propusimos reformas, por eso las estamos haciendo realidad, y por eso las vamos a llevar a buen término".

Es difícil encontrar un mensaje presidencial que haya arriesgado un diagnóstico tan sombrío de la modernización de Chile y con tan pocos matices: ni el fervor retórico, ni la generalidad a que obliga un discurso, pueden justificar una demasía tan gruesa como esa que, si se la toma en serio, indicaría que Chile está al borde del abismo. ¿Es razonable sostener, en las primeras palabras de una cuenta presidencial, que el país está atrapado en un pantano de productividad mezquina, en un sistema político erizado de trampas, con una educación mediada por el dinero y un mercado tapizado de sombras? Un extranjero que, recién llegado, oyera esas palabras no se extrañaría por el hecho de que a la misma hora en que la Presidenta las pronunciaba hubiera, como hubo, grupos de encapuchados incendiando edificios públicos. ¿Acaso a la luz de las exageraciones del discurso presidencial no sería esa una reacción razonable de las masas, heridas por lo que la Presidenta llamó una "grieta social"?

El resto del discurso, pasado el bochorno intelectual de las exageraciones retóricas, mostró hasta qué punto la tosca realidad, los indóciles hechos, han obligado a retroceder incluso en aquello que se atesoraba como lo más importante.

El ejemplo más obvio es el de educación.

Al tratar de la reforma educativa la Presidenta debió relativizar, hasta casi suprimirla, la meta que se había trazado cuando, persuadida de que la educación era la llave maestra de la estructura social, decidió que la gratuidad universal contribuiría a resolver la desigualdad. Ahora se sabe que gratuidad universal no habrá, que en 2018 ella alcanzará recién a los seis primeros deciles y que el horizonte final deberá fijarlo la futura ley. ¿Cuál? Pues una ley cuyos contornos todavía se desconocen. Es difícil exagerar la crítica en esta materia. La imparcialidad obliga a subrayar lo increíble del hecho de que el tema central de un programa gubernamental, ese ámbito donde se esperaría la mayor meditación, el más intenso acopio de antecedentes, las ideas más claras, esté todavía en veremos y que a un mes de presentarse el proyecto de ley la reforma se siga reduciendo a la gratuidad.

En materia económica, el discurso, no vale la pena engañarse, no fue mejor. El principal problema que exhibió es que se trató de una permanente y tibia exhortación a recuperar las confianzas y la cooperación, como si la ausencia de esos rasgos fueran una cuestión personal, subjetiva, algo que pendiera de las palabras presidenciales. Salvo un anuncio de tinte keynesiano -el programa de construcción de viviendas-, el resto mostró lo que todos saben: Chile está en una meseta lenta y opaca.

Los mejores momentos del discurso fueron aquellos en que la Presidenta pudo echar a andar -aunque sin la espontánea empatía de otros años- los temas que le permiten establecer esa rara intimidad a distancia de la que ella es capaz: los temas de género, las tribulaciones que causa la desgracia de un hijo enfermo, etcétera. Pero esos momentos probaron que ella carece de las virtudes que se requieren para encender una épica de la transformación social como la que, sus redactores de discursos y sus asesores, insisten en imprimirle.

Los comentarios inmediatos que suscitó la cuenta presidencial afirmaron que no hubo anuncios, que las novedades brillaron por su ausencia. Y es verdad. Pero se reveló algo que no vale la pena ocultar: el problema del Gobierno es que, desgraciadamente, las ideas gruesas y exageradas del discurso son el reflejo fiel de las ideas que lo animan.

Carlos Peña

miércoles, 28 de octubre de 2015

Revelaciones del Fiscal - Latinoamérica no hace nada -

Revelaciones del Fiscal -  El  Mercurio -  28.10.2015

De comprobarse la denuncia y confesión del fiscal venezolano que acusó a López, los países de la región no podrían permanecer indiferentes ante ese atropello a los derechos humanos.

   
Gran impacto han causado las graves declaraciones del fiscal venezolano, uno de los protagonistas de las acusaciones contra Leopoldo López, al confesar haber recibido presiones del Ministerio Público para inculpar al dirigente opositor mediante pruebas falsas, justificando su condena a 14 años de presidio por incitar a la violencia durante las manifestaciones que ocurrieron en 2014, con resultado de 40 víctimas fatales.

Según las revelaciones hechas por Franklin Nieves, a través de un video tras viajar al extranjero junto a su familia, sus superiores lo habrían amenazado con la destitución si no colaboraba con la condena del líder opositor, a quien el gobierno de Maduro habría planificado detener con anterioridad a la ocurrencia de las violentas protestas, según afirma el fiscal. Tras meses de angustia, decidió huir de Venezuela y revelar la verdad de lo sucedido días antes que la Corte de Apelaciones local revise la apelación presentada por la defensa del líder opositor.

La gravedad de las declaraciones -que han sido negadas por las autoridades venezolanas- ha causado gran impacto tanto en Venezuela como en el exterior. La opositora Mesa de Unidad Democrática ha pedido la inmediata excarcelación de López; del alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, y de otros 80 detenidos que la oposición califica como presos políticos. En Chile, el presidente del Senado presentó un proyecto de acuerdo para condenar la prisión del dirigente venezolano, demandar su liberación y pedir la presencia de observadores de la OEA y de la Unión Europea para asegurar el normal desarrollo de las elecciones parlamentarias de diciembre próximo. Diversos líderes, ex presidentes y el comisionado para los derechos humanos de la ONU han exigido desde hace meses la puesta en libertad de López, pero sin resultado. El testimonio del fiscal Nieves avala las serias dudas que existen sobre la independencia del Poder Judicial venezolano y la imprescindible separación entre los poderes del Estado en ese país, pilar básico de la democracia.

De comprobarse los hechos denunciados, los países de la región, incluido el nuestro, no podrían permanecer indiferentes ante el atropello de las garantías individuales. La gravedad de las denuncias no deja espacio para el silencio o la justificación, pues denota un preocupante deterioro de los principios democráticos esenciales y una flagrante violación de los derechos humanos de los opositores al régimen bolivariano.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Administración Bachelet: gestión política, desempeño y evaluación - José Joaquín Brunner - El Líbero

Administración Bachelet: gestión política, desempeño y evaluación

La información y los análisis disponibles subrayan las debilidades observadas en la cúspide del poder gubernamental, con una Presidenta objetivamente disminuida frente a la opinión pública encuestada.
Pincha aquí y recomienda esta columna reenviándola a un amigo.
El gobierno se mueve entre tres factores que entraban su gestión política (politics) y de políticas públicas (policies). Primero, el desempeño gubernamental -expresado en leyes aprobadas, solución de problemas en áreas claves, transmisión de señales, satisfacción de diferentes partes interesadas, etc.- es considerado poco efectivo. Segundo, el reconocimiento y apoyo de la opinión pública encuestada es críticamente bajo. Tercero, el núcleo que conduce la gestión política y de políticas públicas aparece poco asentado; como veremos, no transmite seguridad ni parece confiar en sí mismo.

I

El desempeño gubernamental es inefectivo. Desde el primer día la administración Bachelet trabaja sin una agenda con prioridades y metas a ser alcanzadas gradualmente. Por lo mismo, su acción resulta confusa, desordenada y poco jerarquizada. Es cierto, hay un programa que en su momento sirvió como medio de campaña para comunicar aspiraciones y convocar electores en torno a la figura -entonces carismática- de la candidata, hoy Presidenta.

Mas el programa declara valores, fines, no objetivos a alcanzar dentro de un marco de posibilidades. Habla de equidad, libertad, transparencia, sustentabilidad, participación, poder local, bienestar y fines públicos, pero no de cómo organizar medios y procedimientos ni cómo asignar responsabilidades y recursos para su obtención. Justamente es en el plano de los valores últimos donde las políticas tienen que arbitrar. ¿Cuánta equidad y cuánta autonomía para que las familias elijan la educación de sus hijos? ¿Qué grado de libertad para que las mujeres decidan terminar con su embarazo? ¿Cómo combinar los derechos de los individuos y los intereses de la comunidad?

En situaciones conflictivas o inciertas es inevitable que los gobiernos empleen conceptos ambiguos -como de suyo es el lenguaje de los valores- para mantener una relativa cohesión entre sus seguidores y en su coalición de apoyo. Precisamente por eso la actual administración -cuando arrecian las dificultades y tensiones- emplea conceptos estratégicos vagos además de hacer un uso táctico de la ambigüedad al nivel de los medios y los objetivos. El costo es ser percibida como imprecisa cuando no contradictoria. Lo cual a su vez provoca fallas de comunicación con los partidos, gremios, sindicatos y movimientos sociales.

También las principales reformas impulsadas por el gobierno presentan problemas de ambigüedad e interpretación. El lema del “realismo sin renuncia” es quizá el ejemplo más contundente. Al punto que la propia Presidenta, su equipo político y la Nueva Mayoría (NM) terminaron enredados en la interpretación de esta cabalística fórmula. Ni siquiera el cónclave destinado a precisarla pudo despejar la confusión.

Si el desempeño del gobierno en el armado y gestión de su agenda ha sido débil, no puede uno sorprenderse que los resultados sean mal evaluados. Por ejemplo, los proyectos tramitados en el Congreso parecen improvisados y son técnicamente débiles, al punto que el propio gobierno debe rehacerlos por la vía de las indicaciones y, una vez promulgados, requieren numerosas circulares aclaratorias y reglamentos para poder implementarlos, o incluso de una ley para mejorar su diseño y graduar su aplicación.

Una misma percepción de falta de diseño o baja efectividad existe respecto del manejo de los asuntos cotidianos de la administración, como la seguridad urbana, la paz en La Araucanía, la diplomacia frente a Bolivia, los colegios municipales, el transporte metropolitano, la construcción de hospitales o la gestión de las becas para estudios en el extranjero.

De allí el juicio negativo, y de insatisfacción, que se ha ido instalando entre los diversos actores y partes interesadas en las políticas públicas.

El gobierno se defiende alegando que esas reacciones eran previsibles y responden a los intereses amenazados por las reformas estructurales. Bien podría ser un elemento de la explicación. Pero no se hace cargo del hecho que la mayor parte de las insatisfacciones se asocia no a las reformas, sino a persistentes problemas como el Transantiago, las colas de espera, los abusos, la inseguridad ciudadana, los fenómenos de corrupción, una economía más estrecha. O bien a la gestión deficiente de las propias reformas concretadas o proyectadas (tributaria, escolar, laboral, de reforma constitucional, de gratuidad de la educación superior, etc.).

La verdad es que una medida importante de las insatisfacciones se debe, ante todo, a lo errática de la conducción del gobierno, a su interlocución sin resultados, lenguaje confrontacional, la explosión de expectativas impulsada por el discurso oficial, escasa capacidad resolutiva de autoridades intermedias, burocratismo de los servicios públicos, divisiones dentro de la NM y un clima de incertidumbre provocado por una autoridad indecisa.
II

Todo lo cual nos conduce al extrañamiento experimentado por la opinión pública encuestada respecto al gobierno Bachelet. Esa opinión -que habla a través del los sondeos de ADIMARC, CEP, MORI, CADEM, CERC y los medios de comunicación de masa- se pronuncia negativamente en la actualidad, en un nivel nunca antes visto, respecto de la Presidenta, su gobierno y sus medidas de reforma. Muestra un reflujo de la popularidad gubernamental desde la cima alcanzada tras la elección de la Presidenta, hasta la sima donde ha caído durante las últimas semanas.

No ha sido un cambio de marea agitado, abrupto, de alta intensidad y fuertes turbulencias. Al contrario, ha sido un descenso gradual pero persistente a lo largo de los últimos diez meses: en todos los sectores sociales, grupos de edad, en regiones y Santiago, entre hombres y mujeres y entre personas distribuidas a lo ancho del espectro ideológico.

Estos movimientos de opinión son, digamos así, la otra cara de la deficitaria performance del gobierno. Es la percepción existente -medida como registro de opiniones- sobre la conducción gubernamental.
El sector social donde esa percepción negativa ha ido difundiéndose más profusamente es aquel conformado por la actual clase media, especialmente en los nuevos estratos emergentes. Son esos segmentos los que más fuertemente dependen de la calidad de la gestión política y de las políticas públicas imprescindibles para mantener e incrementar las oportunidades de vida, educación, trabajo, consumo y participación. Efectivamente, dichos grupos -que entre otras cosas se ensanchan cada cuatro años con la inclusión de 600 mil nuevos técnicos y profesionales- son los que mayormente necesitan crecimiento económico, empleos, seguridad en los barrios, colegios que funcionen con efectividad, menores tiempos de espera en los servicios de transporte y salud, acceso a viviendas al alcance de sus ingresos y ahorros.

Algo similar ocurre con otros segmentos de esa clase media ampliada: micro y pequeños empresarios, vendedores, empleados de servicios públicos y privados, estudiantes técnicos y universitarios, adultos que asisten a cursos vespertinos y a programas de capacitación. Más que el carisma de la Presidenta, o el nivel de progresismo de la NM, o las promesas del programa, a los hombres y mujeres de clase media les importa un gobierno eficaz, realista, con agenda clara, eficiente en la solución de problemas, que mantiene el orden y la seguridad, construye acuerdos y ofrece un sentido a la vida colectiva de la sociedad.

La administración Bachelet ha sido particularmente débil en su desempeño y gestión comunicacionales. Ha carecido de un relato que confiera sentido a sus decisiones e identidad a sus propuestas. Al contrario, su fisonomía discursiva está marcada por declaraciones contradictorias y poco realistas de la Presidenta; por la oscilación entre una fraseología rupturista y una gradualista; por las memorables ironías de un ministro o aquella inolvidable metáfora empleada por un presidente de partido de la NM.

La ausencia de una narrativa coherente -en una administración que al comenzar se preciaba de inaugurar un nuevo ciclo, traer consigo un paradigma que cambiaría drásticamente las políticas de la Concertación, y de tener una pretensión refundacional- deja atrapado al gobierno entre el fuego cruzado proveniente de las diferentes fracciones internas de la NM que buscan definirlo a su favor. Así, en vez de contar con una comunicación orientada estratégicamente, la administración Bachelet ha terminado envuelta en una refriega de mensajes que contribuye a dificultar la conducción.
III

El bajo desempeño manifestado a través de una performance mediocre, performance mal enjuiciada a su vez por la opinión pública encuestada, desemboca en un cuadro de crisis en el núcleo que gestiona la política y las políticas públicas del gobierno. He aquí la principal causa de la crisis de conducción que hemos estado analizando desde hace varios meses.

¿De qué se trata?

Primero, de un mal funcionamiento en el núcleo mismo del poder presidencial; es decir, la Presidenta, sus ministros distribuidos según una jerarquía informal del poder en tres o cuatro anillos en torno de ella, el personal directivo de confianza y los asesores de política y políticas –los technopols- que forman la primera línea de la gestión política dentro del aparato gubernamental junto a las tecnoburocracias directivas. Este núcleo, se supone, es la cabeza estratégica del gobierno, responsable por las orientaciones, la agenda, las relaciones con el Parlamento y la NM, y del discurso oficial y los relatos sectoriales.

En los gobiernos anteriores de la Concertación hubo diferentes maneras de organizar la división del trabajo y las jerarquías efectivas del poder dentro de dicho núcleo. Por ejemplo, en la administración Aylwin, el ministro secretario de la presidencia, Edgardo Boeninger, jugó un papel central –hasta hoy recordado con admiración— en la gestión y coordinación político-programática, acompañado por Enrique Correa (consejero de príncipes magna cum laude) en la Segegob y por Alejandro Foxley en el ministerio de Hacienda, los tres encargados además de activar las redes de tecnopolíticas y tecnocráticas que llegarían a formar parte de la identidad y el estilo concertacionistas. Durante el gobierno Lagos, en cambio, el propio Presidente junto a su equipo de segundo piso tuvieron control sobre la orientación estratégica de la administración, creando una “presidencia imperial” apoyada por un equipo político encargado de la gestión cotidiana de los asuntos gubernamentales. El gobierno Piñera, en tanto, intentó -sin éxito-sustituir esa función política superior por un énfasis gerencial dentro de un modelo de gobierno emprendedor.

Hoy la información y los análisis disponibles subrayan las debilidades observadas en la cúspide del poder gubernamental, con una Presidenta objetivamente disminuida frente a la opinión pública encuestada; que equivocó el armado básico de su primer gabinete y luego de un año debió reemplazarlo, sin que hasta hoy pueda saberse si acaso el nuevo armado funcionará o no; que ha carecido de una agenda y no ha podido trazar un rumbo; que carece de un diseño comunicacional y se mantiene relativamente alejada de su núcleo, dando escasas o ambiguas señales a sus equipos políticos, burocráticos y técnicos.

Más grave es que esas decisiones equivocadas o de inciertos resultados, y la constante vacilación en la toma de decisiones, han dado lugar a dudas respecto a lo acertado del juicio político de la jefa de Estado, elemento clave de la conducción. Grave, pues como señala un académico experto en análisis político, “ninguna cantidad de buen proceso político puede remediar un juicio político errado” (R. Wilson). En efecto, la autoridad puede llevar a cabo todas las consultas del caso, escuchar a las diversas partes interesadas, hacer participar a los partidos y parlamentarios de la NM, solicitar consejo a sus asesores, recibir informes técnicos y sin embargo, si finalmente adopta una decisión equivocada, vacila o la posterga, el positivo proceso previo queda olvidado.

Si acaso una decisión ha sido acertada, llega a saberse solo una vez evaluadas las consecuencias. Vale aquí el pragmatismo shakespeariano del all's well that ends well (“bien está lo que bien acaba”). Entre tanto, la persona que decide debería reunir una serie de habilidades y condiciones según la literatura especializada: capacidad de sopesar factores en competencia, coraje para trabajar con el largo plazo en la mira pero manejando las demandas inmediatas, reacción instintiva para saber qué objeciones tomar en consideración, equilibrio en medio de intensas presiones, confianza en sus colaboradores y un entendimiento sofisticado de la gente, sus intenciones y necesidades. Además, una comprensión inmediata de lo que está en juego. Y un saber casi instantáneo sobre qué pasaría “si”... Amén de tener sentada a su diestra, sonriente, a la diosa Fortuna.

La Presidenta ha reconocido con candor dificultades para ejercer certeramente el juicio político, al punto que -confiesa ella- suele tener una intuición correcta, pero luego decide otra cosa, como ocurrió con ocasión del tsunami del 27 F, del Transantiago, la reforma educacional y la decisión de regresar (o no hacerlo) a Santiago luego de estallar públicamente el caso Caval.

Tampoco aparece consolidado el liderazgo de la Presidenta y su equipo en relación con los diversos niveles del poder gubernamental, particularmente con los tecnoburócratas que gestionan conocimientos y con los funcionarios que trabajan al nivel de la calle, en los puntos concretos de provisión de los servicios de salud, seguridad, educación, vivienda, etc.

En el primero de esos planos, el de la gestión del conocimiento experto -factor clave de la política pública en todas sus fases de diseño, formulación, decisión y aplicación-, los technopols y tecnoburócratas juegan papeles decisivos. El gobierno Bachelet inició su período de administración con un discurso ambiguo respecto de esos grupos, de los cuales desconfiaba, pues tendían a imponer, sostenía la cúpula de la NM, una racionalidad abstracta y economicista cuando no neoliberal, la que supuestamente habría marcado la ideología y el estilo de los gobiernos de la Concertación. En breve, tales grupos habían impedido a dichos gobiernos echar a volar la imaginación, soñar con otro país y mover los límites de lo posible, imponiéndoles un pragmático realismo, aquel del “en la medida de lo posible”.

Por eso mismo la actual administración ha mantenido una relación tensa con sus propias tecnoburocracias y technopols, al menos hasta el momento de la desfenestración de la dupla Peñailillo-Arenas y su reemplazo por la dupla Burgos-Valdes, genuinos representantes de los know how político y técnico-económico, respectivamente. Su arribo a La Moneda fue saludado como el regreso de la racionalidad formal al gobierno, a la espera de que la Presidente defina una nueva orientación, la que hasta hoy permanece en disputa.

Por su parte, en la calle, donde el Estado deja de ser una entelequia jurídica y se encuentra con la gente, es donde se expresa diariamente la efectividad y eficiencia de los servicios que prestan los funcionarios de última línea, aquella que entra en contacto con la población a través de profesoras, enfermeras, carabineros, trabajadoras sociales, parvularias, inspectores municipales, etc.

La aplicación de las leyes y los reglamentos, la garantía de los derechos, la seguridad personal, las prestaciones de los ministerios y grandes servicios, en breve, toda la actividad cotidiana y concreta del Estado, encuentra ahí su expresión rutinaria, interactiva, sobriamente local y masivamente individualizada.

También allí es evaluado continuamente el gobierno por un sujeto distinto que la opinión pública encuestada. Ya no se trata de conocer cómo las personas valoran (con nota de 1 a 7) el trato en la clínica de urgencia, o el rol del profesor en la comunidad, o su preferencia por un candidato X o Z, sino de captar y entender (cualitativamente) la experiencia vivida por esas personas al entrar en contacto diario con el Estado al nivel de la calle.

Aquí nos topamos, por tanto, con una opinión más densa, granular, intensa, no registrada directamente por las preguntas de una encuesta, sino vivida en la intimidad, compartida con la familia y los amigos, en el vecindario y el lugar de trabajo. Los climas de opinión que de allí surgen solo se manifiestan parcial y limitadamente en los sondeos de opinión; sin embargo, alimentan y determinan comportamientos, votaciones, conversaciones, memorias, reacciones, emociones y constituyen el trasfondo emocional de la opinión pública encuestada.

También en este último plano el gobierno parece gozar de escaso consentimiento, favor, entusiasmo y “buena onda” con la población. Al contrario, la polis parece crispada, asustada, incierta, descontenta e insegura en sus bienes y oportunidades. Los medios de comunicación procesan esos climas y los convierten en ondas, mareas, conciencia colectiva, psicología social. No digo solamente entre las élites, ni solo entre los grupos de intereses que pudieran verse afectados material o simbólicamente por las reformas del gobierno Bachelet. Me refiero a la población que vive inmersa en el curso de los hechos cotidianos y allí se forma una idea, una imagen, un sentimiento del país y su gobierno.

Paradojalmente, la intelectualidad de los malestares, aquella que vio elevarse sus bonos con la actual administración, pues de sus círculos se reclutaban los technopols y tecnoburócratas supuestamente en posesión de los más lúcidos diagnósticos y la mejor “lectura de la sociedad”, ahora se ve rodeada de descontentos para los cuales no estaba preparada ni consigue entender.

domingo, 19 de julio de 2015

Peor Imposible - Andrés Benitez


Peor imposible.  No es fácil explicar la farra política y económica que se observa. Pero hay un pecado de origen: el programa de gobierno es malo.

¿ES ESTE el peor gobierno desde que volvió la democracia? Si fuera por lo que hemos visto hasta ahora, la repuesta es sí. La verdad es que no hay ningún indicador que salve a la Presidenta. Tanto, que esta semana ella misma se encargó de adelantar el término del primer tiempo de su período anunciando cambios para el segundo. Dar vuelta lo que hemos visto no será fácil. Hay que corregir casi todo, cosa que está por verse si es posible.

La Presidenta cumple su primer año y medio con apenas un 27% de aprobación, algo que sólo se vio en el peor momento de Piñera, fecha en la cual muchos de los miembros de la actual Nueva Mayoría dijeron que Chile no se merecía un presidente tan impopular. Supongo que hoy pensarán lo mismo, aunque no lo digan.

Pero es cosa de leer entre líneas para darse cuenta que la decepción corre por las filas oficialistas.

Piñera logró revertir la situación, llegando al final de su período con un 50% de aprobación, en gran medida por el buen desempeño de la economía y el empleo. El punto es que Bachelet no tiene aquello. Por el contrario, su gobierno se encamina a tener los peores números de la historia reciente. Y nada indica que ello mejorará. Hasta la fecha, el crecimiento promedio del gobierno es de 1,6%, muy lejos del 5,3% que logró Piñera. Entonces, por el lado de la cifras económicas la cosa se ve muy negativa para la Presidenta. Por lo anterior, no es raro que hoy se hable de priorizar. Se acabó la plata y el país tiene que comenzar a bajar el gasto para equilibrar sus mermadas cuentas fiscales.

¿Cómo llegamos a esto? Es la pregunta que todos se hacen. Porque la verdad es que no es fácil explicar la verdadera farra política y económica que estamos observando. Por lo pronto, hay un pecado de origen: el programa de gobierno es malo. Pero lo más sorprendente es la baja capacidad de gestión. Todo parece estar mal hecho, improvisado, a la carrera, sin medir las consecuencias. El resultado de todo esto es que las reforma tributaria, educacional y laboral las apoya menos de un tercio de la gente.

Es esta desprolija manera de gobernar la explicación de la mayor parte de los problemas actuales. Una cosa es querer cambiar Chile, pero otra distinta es hacerlo mal. Y nada dice que esto cambiará. El reciente anuncio de que la gratuidad universitaria se hará sólo para los estudiantes de las instituciones del Cruch habla una vez más de que la improvisación sigue mandando en La Moneda. Y como siempre, no existe un proyecto serio al respecto. Sólo declaraciones que no le hacen sentido a nadie.

Se habla también de priorizar, pero es claro que no saben lo que ello significa. Nadie es capaz de decir qué es lo que queda y lo que no permanece. Esto refleja el nivel de confusión imperante. Si este es el segundo tiempo, entonces la cosa no va a mejorar. 

Los países pueden soportar presidentes poco populares. Eso incluso puede ser bueno si es el resultado de aplicar medidas difíciles, pero necesarias. Pero lo que los países no pueden resistir son gobiernos ineficientes, como es el actual.

viernes, 10 de abril de 2015

Política Comunicacional de la Presidencia

10 de abril de 2015

Política comunicacional de la Presidencia: callar, ignorar, negar

             PEDRO SANTANDER,  Profesor titular de la Escuela de Periodismo y director del     Observatorio de Comunicacion y Medios de la PUCVhttp://www.observatoriodecomunicacion.cl

ENVIAR RECTIFICAR IMPRIMIR

Hay una máxima en la comunicación estratégica que todo asesor debiera conocer: evitar a toda costa situaciones en las que te obliguen a negar una y otra vez. Es justamente lo que por estos días le ocurre a la Presidenta. Las negaciones abundan hoy por hoy en sus frases y en sus explicaciones; prolifera la polaridad negativa en sus expresiones, llenas de “no”, “pero”, “nada”, “nunca”, etc.

               Por ejemplo, en la reciente conferencia que Bachelet sostuvo con los corresponsales                        extranjeros, su frase “no he pensado en renunciar” se constituyó en la noticia del día. Según la agencia Efe, respecto de la reunión de su hijo con Luksic, dijo: “No tuve nada que ver con ella, no la pedí y desde que volví a Chile, en marzo de 2013, no hablé con Luksic hasta noviembre de 2014. Yo no he tenido ninguna vinculación con nada de eso, ni con la reunión ni con el negocio, nada"

¿Qué implica que la máxima autoridad política del país haga noticia por lo que tiene que negar? Significa que las voces que afirman lo que ella niega han adquirido una fuerza tal que la obligan a pronunciarse acerca de lo que no quería hablar. Además, al negar, ella contesta y dialoga con quienes afirman, legitima así esas voces como puntos de vista que tienen la suficiente fuerza como para ser debatidos por la Presidenta. Si hoy dice “no renunciaré” es porque el ruido de quienes sostenían que sí pensaba renunciar se hizo insoportable.

Han sido, una tras otra, las torpezas estratégico-comunicacionales que llevaron a Bachelet a esta situación. Cuando el caso Caval-Luksic comenzó (febrero) optó por el silencio. Mientras nuestro país –supuestamente una excepción en el continente por su impoluta elite– comenzaba a enfrentar uno de los casos de corrupción político-empresarial y de tráfico de influencias más escandalosos de las últimas décadas, la decisión político-comunicacional de la máxima autoridad fue el silencio. Lo único que se logró de ese modo fue convertir su vuelta de vacaciones en una expectativa nacional, a diario los chilenos se preguntaban “¿qué irá a decir la Presidenta cuando vuelva de vacaciones?”; es decir, mientras más callaba, más expectativas se generaban por sus pronunciamientos.

¿Qué implica que la máxima autoridad política del país haga noticia por lo que tiene que negar? Significa que las voces que afirman lo que ella niega han adquirido una fuerza tal que la obligan a pronunciarse acerca de lo que no quería hablar. Además, al negar, ella contesta y dialoga con quienes afirman, legitima así esas voces como puntos de vista que tienen la suficiente fuerza como para ser debatidos por la Presidenta. Si hoy dice “no renunciaré” es porque el ruido de quienes sostenían que sí pensaba renunciar se hizo insoportable.

Y la ineptitud comunicacional continuó cuando se pasó de la estrategia del silencio a la estrategia de la emocionalidad incauta: “Me enteré por la prensa en Caburgua”, se convirtió en la frase del momento y en la confirmación de que no se afrontaría con liderazgo el escándalo. Quienes idearon esta segunda etapa del diseño comunicacional, mostrando una expresión de máxima candidez analítica y de desprecio por la racionalidad de los chilenos, pensaron que la figura de madre dolida apaciguaría la demanda por liderazgo político, que la apelación al dolor y a la emoción funcionaría como escudo, tal como hasta ahora había funcionado en relación con la historia personal de Bachelet (presa, exiliada, padre asesinado, etc.) y el modo en que eso se convirtió en capital político.

La siguiente etapa es la más sorprendente como apuesta comunicacional: permitir durante semanas que se esparza el rumor de su renuncia. Personalmente supe ya el 20 de marzo (y eso que no vivo en Santiago) que la Presidenta sostuvo aquello en una reunión privada en La Moneda. Pocos días después lo mencionó Tomás Mosciatti en la televisión y por estos días era ya noticia propagada. ¿Sólo fue torpeza ante la primera crisis política severa que le toca enfrentar? ¿O dejar crecer el rumor fue una apuesta política?

Finalmente, el coro de afirmaciones en los medios, en los pasillos, en los colectivos, en las oficinas del país y en las redes sociales acerca de lo que dijo, de lo que haría o no haría la Presidenta se hizo tan ensordecedor que los asesores de comunicación por fin toman una decisión acertada: que la propia Jefa de Estado se refiera a la coyuntura y aclare ante la prensa sus dichos. Sin embargo, el acierto se convierte en desconcierto cuando sólo se convoca a los corresponsales extranjeros acreditados en el país, sin permitir el ingreso de periodistas nacionales. No sólo es políticamente torpe, pues evidentemente los chilenos y chilenas somos los más interesados en saber qué piensa la Mandataria de esta crisis que la involucra, también es comunicacionalmente absurdo pues, aun sin asistir, los medios nacionales, incluso no siendo invitados, de todos modos iban a informar acerca de todo lo que allí se habló, y esto al minuto de que terminara el encuentro, tal como efectivamente ocurrió. Queda, eso sí, la sensación de desprecio por los periodistas de la plaza.

Evidentemente nunca es fácil sortear comunicacionalmente las crisis, pero tampoco es fácil cometer tantas torpezas en tan poco tiempo. Tal vez se echó de menos en esta ocasión al ideólogo de las comunicaciones del anterior Gobierno de la Presidenta y ex director de la Secom, Juan Carvajal, pero, claro, este hoy está demasiado ocupado ideando estrategias comunicacionales para salvar al grupo Penta.

domingo, 15 de febrero de 2015

La Pasada - es forma de combatir la desigualdad en Chile ?

Un chico demasiado listo

La renuncia de Sebastián Dávalos no es suficiente, pues falta lo más importante: la transparencia que prometió el Gobierno.

por Andrés Benítez - La Tercera 14/02/2015

Pudo haber sido cualquier cosa, pero le gustan los negocios. Una maldición para la familia. Intentos de redimirlo hubo. Estudió Ciencias Políticas, lo pusieron a trabajar en la campaña y terminó instalado en La Moneda, en la oficina de la Primera Dama. Pero nada de eso sirvió.

Al hijo le gustan los negocios. Peor aún, las pasadas, esas donde uno gana mucho haciendo nada. Crear proyectos o empleos no es lo suyo. Encontrar un dato, comprar barato y vender caro es el nombre del juego. Y si para aquello hay que usar un poco de influencia, como reunirse con el dueño del banco, no hay problema. Un llamado basta. Para algo son los contactos, el poder. Y si así se puede ganar más de dos mil millones de pesos, entonces el esfuerzo vale la pena.

Eso hasta ayer, cuando tuvo que renunciar. La presión era insostenible. Se había quedado solo. Leyó un breve comunicado, donde si bien pidió disculpas y señaló que no ha cometido ningún ilícito, en nada aclaró lo sucedido. Nunca se refirió al conflicto de interés, al abuso de poder e influencias que representó la operación.

Por eso, este es un caso que sigue abierto, pese a que dio un paso al costado. La situación de Sebastián Dávalos es devastadora para la Nueva Mayoría. De alguna manera representa todo lo que han criticado a la derecha, a los empresarios y a todos aquellos que se oponen a su visión del país. “Es un ejemplo de las desigualdades que se viven en el país. Por eso estamos luchando con emparejar la cancha para todos”, no dudó en decir el ministro de Hacienda subrogante al referirse al caso.

Claro, nunca nadie imaginó que el ejemplo iba ser el propio hijo de Bachelet. El silencio de la Presidenta es, de seguro, indignación. Con su hijo y con los que hoy lo critican, esa condición natural de la madre que quiere ser firme, pero que también debe acoger. No lo puede abandonar ahora que todos lo atacan. Pero tuvo que actuar, porque al final ella es la Presidenta y se debe al país. Aunque duela.

Quizás ahora piense que no debió ser tan dura con los empresarios, metiéndolos a todos en el mismo saco. O que se le pasó la mano al demonizar el lucro, incluso cuando es legítimo. O de acusar permanentemente a sus opositores de tener conflictos de interés. Pero aunque sea así, ya era tarde. El daño estaba hecho, y sus socios no estaban dispuestos a bancarse el costo de mantenerlo en La Moneda. Así las cosas, tuvo que ceder.

Viene un camino duro. No basta que el hijo renuncie. Quedan demasiadas preguntas abiertas y la presión no bajará hasta aclarar los hechos. Falta lo más importante: la trasparencia que prometió el Gobierno. Y la teoría del empate que ya intentaron ayer algunos oficialistas, no funcionará como tampoco le resultó a la UDI.

La gente quiere claridad en este y otros casos. Si no es así, esto será siempre una sombra para la Presidenta. Cada vez que hable de inclusión, de terminar con los privilegios, de emparejar la cancha, le recordarán lo sucedido. Que tiene tejado de vidrio. Puede que no sea su culpa, pero es la madre, y que el chico le salió listo, demasiado listo, es algo que es claro para todos.