domingo, 23 de julio de 2017

Veinteañeros - Sergio Urzúa

Veinteañeros

   
Los veinteañeros de hoy enfrentan más fuentes de incertidumbre que los de ayer. En lo educacional, una descomunal oferta de opciones amplifica el natural debate interno entre el "qué quiero hacer" y "para qué soy bueno". En lo laboral, el cambio tecnológico y la competencia están transformando la búsqueda de una carrera en un sendero lleno de curvas, lomos de toro y precipicios. En el amor, la postergación de las decisiones de fertilidad y matrimonio han modificado el mercado de "pololeos", haciendo más difícil jugársela por alguien y más habitual la inestabilidad emocional. Mirado de lejos, es un alivio haber pasado por ese período, pero ¿tienen conciencia los jóvenes de lo que se juegan en los veinte?

En "La década definitoria", la profesora de la Universidad de Virginia, Meg Jay, ofrece claves para responder la inquietud. A través del relato de su experiencia como sicóloga clínica, la autora no solo describe la ficticia búsqueda de los veinteañeros actuales de una vida única y llena de gloria, sino también el virtuoso cambio que experimentan cuando se les hace ver lo natural de los miedos frente a nuevos escenarios y lo innecesario que es oponerse frenéticamente a lo convencional. Ian, un joven con quien Jay dialoga en su libro, describe el proceso magistralmente: "Un trabajo en una oficina no parece tan malo, sobre todo cuando uno se da cuenta de que no puede tener uno". Elocuente sentido de realidad de quien reconoce que en los veinte se toman decisiones que definen gran parte de la vida.

Las sociedades no han sabido conducir tal esencial proceso reflexivo entre los jóvenes. Muy por el contrario, se hacen esfuerzos para esquivarlos y facilitar en exceso la vida. En el ámbito familiar, por ejemplo, un mal entendido amor parental por mantener a los hijos cerca (que raya con egoísmo) dilata la adolescencia, posterga la independencia y aplaza las obligaciones (casi el 60% de los veinteañeros chilenos viven con sus padres). Y las políticas públicas a veces se dejan llevar por un espíritu similar. Sin ir más lejos, el despilfarro que es la gratuidad de la educación superior en Chile implica postergar las responsabilidades de fondo (calidad), beneficiar a muchos afortunados y aplazar las acciones del Estado en materias de mayor retorno social (niñez). Pésimo ejemplo.

Los costos sociales de una generación que transita muy sosegadamente, casi rechazando su compleja realidad, son muy altos. Como planteó el famoso psicoanalista Erik Erikson, la búsqueda del joven no es la permisividad, sino nuevas formas de enfrentar lo que realmente cuenta. Todos podemos contribuir a ese proceso. Por eso, en un año de elecciones, recomiendo a todo candidato que busca conectarse con los jóvenes el libro de Meg Jay. Nadie a los treinta debería despertarse preguntando "¿por qué nadie me advirtió las consecuencias de retrasar las obligaciones?". Ese es un fracaso país que hay que evitar.

Diálogo de Sordos - Reforma Educación Superior

Diálogo de sordos

   
¡Tenemos ley de educación superior, por lo menos, aprobada por la Cámara de Diputados!

Se suponía que era la más importante de esta administración. Aquella que debiera marcar el rumbo del país en el desarrollo social, económico, tecnológico de este siglo, y que nos debiera permitir seguir liderando en Latinoamérica en los indicadores educacionales.

¿Y qué ley tenemos? Una que, como producto de la desprolijidad en su trabajo prelegislativo y de la evidente falta de voluntad por escuchar, su discusión terminó centrándose exclusivamente en la gratuidad, aprobando una ley que traerá nefastas consecuencias para el país.

Atrás quedaron las declaraciones del entonces ministro de Educación, que día a día nos sorprendía con alguna nueva analogía. Se recordarán de algunas: quitar los patines, títulos de bakelita, gestor inmobiliario, apoderados embaucados, compra de fierros, fijación de precios, competencia libertina, y otros tantos que utilizaba como argumentos para la reforma educacional de la Presidenta Bachelet.

Hasta que a mediados de 2015 tomó la posta una ministra de Educación, quien realizó indescifrables esfuerzos, por la vía de minutas que trascendían, para sacar adelante la reforma. Claramente fue pragmática. Realizó 14 cambios para que, por fin, la Cámara aprobara un proyecto. Un proyecto a medias, porque dentro del pragmatismo tuvo que prometer muchas cosas. Sacar a las universidades estatales y redactar una ley especial para ellas; poner fin al Crédito con Aval del Estado; gratuidad universal, se supone, en treinta años más; entre otras.

Pero lo más curioso es que a pesar de los esfuerzos gubernamentales, de los sucesivos e improvisados cambios, de las promesas, de la presión para que se legislara al estilo fast track , nadie, pero nadie, quedó contento.

El Consejo de Rectores fue duro. Su vicepresidente dijo: "No estamos disponibles para proyectos políticos o ideológicos de carácter contingente". Y ya informaron que se reunieron con el presidente del Senado... "para hacerle ver que el proyecto (...) contiene graves desequilibrios".

Las universidades Austral, Concepción y Santa María cuestionaron el nuevo modelo de gobernanza que se establece y anunciaron la preparación de indicaciones para ser presentadas en el Senado, pues de otra manera esas universidades se encontrarán infringiendo la ley.

El rector de la PUC, en una fuerte carta pública y luego de un análisis del proyecto expresó: "Estos son tres ejemplos que reflejan falta de conocimiento, madurez y profundidad intelectual de un proyecto que, a pesar de sus falencias, sigue avanzando, con nefastas consecuencias para el desarrollo de la educación superior del país".

La UDP y U. Alberto Hurtado hicieron ver en carta pública su disconformidad con la forma en que se calculan los aranceles regulados que les significan cuantiosos déficits en sus presupuestos, haciendo presente que tendrán que revisar su decisión de mantenerse en gratuidad o retirarse de la misma.

Las universidades privadas no gratuitas hemos planteado hasta el cansancio que este proyecto no solo es de una mala calidad técnica, ideologizado, que violentará la autonomía de las universidades y que afectará seriamente la calidad de las mismas y, lo más grave, que el Estado tomará el control del sistema a través de la Subsecretaría de Educación Superior, dejando el futuro de las instituciones sujeto a los vaivenes de los gobiernos de turno.

Los alumnos, todos hemos sido testigos del rechazo que han manifestado en las calles, en cartas públicas y en el Congreso. La sociedad, de acuerdo a los estudios de opinión, nos indica que casi 7 de cada 10 chilenos se muestran en desacuerdo con la reforma.

Y en el Congreso también se sintieron voces de descontento. El Gobierno, en un acto de sublime irresponsabilidad, presionó e hizo que el proyecto se votase en una sesión que duró 23 horas y luego solo dio una semana de plazo a la comisión de Hacienda de la Cámara para discutir un proyecto que nos costará a los chilenos, 3.500 millones de dólares anuales.

Es peligroso lo que está pasando en el país, nadie está de acuerdo, pero el Gobierno insiste y logra su aprobación, con los mismos legisladores que se quejaban. Es curioso cómo la obsesión por sacar adelante una promesa de campaña hace que se pierda de vista el interés general de la nación. Todos la rechazan, salvo... el Ministerio de Educación, que la empuja. Un verdadero diálogo de sordos.

Rubén Covarrubias Giordano

Rector Universidad Mayor

viernes, 30 de junio de 2017

Muletillas Periodisticas - Oscar Squella

Muletillas periodísticas

   
Muletilla es un término o frase que se repite muy a menudo. Así, hoy, "Cuídese", a modo de despedida, aunque yo no puedo evitar pensar que la persona que lo dice me ha notado mal semblante. Y muletilla periodística es aquella que repiten los periodistas y quienes animan programas de radio o televisión. Por ejemplo, "Vamos a cambiar de tema" o, peor, "Vamos a cambiar bruscamente de tema", y, como si nos encontráramos en una sala de clases, "Ponga atención", o "Vamos a la pausa", expresión esta última con la que lo que se quiere decir es "Vamos a la publicidad", y esto cuando no son los mismos periodistas o conductores los que la hacen directamente. En el caso de la prensa escrita, lo que ocurre hoy no es que la publicidad interrumpa las noticias, sino que las elimina. Toda la página derecha o impar con publicidad y la mitad inferior, si no más, de la izquierda o par, dejando un pequeño rectángulo para una brevísima información, son prácticas de los medios escritos que obligan a preguntarse si la publicidad está allí para hacer posible las noticias o si estas para dar cabida a la publicidad. Añada usted las frecuentes páginas y suplementos institucionales que vienen con colores, tipografía y diagramación diferenciada respecto del cuerpo principal del diario o revista y la pregunta adquiere mayor pertinencia.

Los comentaristas deportivos son maestros de la muletilla y del uso de términos eufemísticos, es decir, de la sustitución de palabras por otras que suenan un poquito mejor. Por ejemplo, y tratándose del fútbol, ya no hay guardalíneas, sino "árbitros asistentes", mientras que el hoy llamado "cuarto árbitro" no es más que un mirón que sigue el encuentro fuera de la cancha. Los simples entrenadores pasaron a ser "profesores", mientras en las universidades los auténticos profesores hemos sido disminuidos a "profes" por nuestros alumnos. Los tres palos son ahora "tubos" y la segunda división fue transformada en "Primera B", lo mismo que pasa en las universidades, donde ya no hay ayudantes, sino "profesores ayudantes" y, dentro de muy poco, "alumnos profesores". La buena campaña de un equipo es "campañón" y los "goleros" jubilaron a los viejos arqueros. Los partidos de fútbol no se ven, no se analizan, no se interpretan: hoy lo que se hace con ellos es "leerlos", y tal vez sea "leyendo" partidos de fútbol que consigamos suplir el déficit de lectura real que tenemos en el país.

Fuera ya del ámbito deportivo, "arista" ha hecho metástasis en el habla periodística nacional, lo mismo que el trato de "Maca", "Nico", "Cata", "Mati", y así, entre conductores de programas que están al aire. Ya nadie "trabaja", sino que "hace la pega". Todo también se nos ha vuelto "problema país". Todo. Absolutamente todo. Hasta la ubicación de un semáforo en una apartada zona rural. "Problema país" suele ser aquel que interesa únicamente al que utiliza esa expresión y deja completamente indiferentes a todos los demás. La gente habla de "reinventarse" cada vez que cambia simplemente de trabajo y de "estar disponible" cuando queda sin pega y se muere de ganas de conseguir un cargo público. "Raya para la suma" es todo lo que la mayoría sabe de matemáticas, y "entre comillas", con dos dedos de cada mano dibujándolas en el aire, es ya de lo más común. Y cada vez que un gerente habla de "ajuste laboral", los trabajadores pueden ir poniendo las barbas en remojo, porque lo que pasa es que van a despedirlos por "necesidades de la empresa", es decir, la exigencia de que las ganancias de los dueños no bajen siquiera una décima.

La gente hoy no muere, "fallece", y si uno se fija en la redacción de los avisos de defunción, algunos simplemente han fallecido mientras otros han "entrado en la Casa del Señor" o pasado a "decorar el Oriente Eterno". En algunas noches del año -24 y 31 de diciembre o un cumpleaños cualquiera- la gente ya no come, "cena", y "parrilla" no es un utensilio para poner algo a asar, sino la programación del próximo festival de la canción.

Declaro agradecido que algunos de esos ejemplos los debo al delicioso libro de Juan Andrés Piña, "Diccionario del siútico", aunque también he agregado unos propios. Y si bien las muletillas no se reducen al campo periodístico, las Escuelas de Periodismo deberían incluir un ramo acerca de cómo evitarlas.

Junto con enseñar a decir hay que enseñar a no decir.

domingo, 25 de junio de 2017

Venezuela : El Gobierno de Transición // Luis Ugalde


El Gobierno de Transición // Luis Ugalde

Todo gobierno medianamente democrático si llega a una deslegitimación y fracaso parecidos a los de Maduro, renuncia y convoca a elecciones. La Constitución venezolana para situaciones similares prevé el referendo para revocar al Presidente antes de su término. Maduro tramposamente lo impidió; luego anuló la Asamblea Nacional y aplazó las elecciones regionales; ahora pretende eliminar la Constitución con una “constituyente” no convocada por el único que lo puede hacer, el pueblo. Es una locura pensar que la actual desesperación, deba y pueda prolongarse hasta fines de 2018. El creciente sufrimiento de la gente pide a gritos cambio ya: cambio de presidente y de régimen, con decisiones inmediatas para no seguir muriendo en la calle con la brutal represión o por hambre y falta de medicinas, a causa de la corrupción e ineptitud gubernamentales.

El Ejecutivo se ha convertido en verdugo del pueblo y se ha vuelto tiránico. Cambio ya para rescatar la Constitución y emprender de inmediato el camino de la reconstrucción, evitando más muertes y miseria. Para salir de este régimen sin esperanza hace falta cuanto antes un gobierno nacional de transición que tome de modo excepcional medidas de emergencia y convoque elecciones democráticas, previo saneamiento con remoción de los ilegales magistrados del TSJ y de los miembros serviles del CNE. Urge hablar públicamente para madurar un gobierno de transición saliendo del actual Ejecutivo deslegitimado.

Sería un grave error pensar en elecciones inmediatas. Antes necesitamos atender con apoyo internacional a la creciente emergencia humanitaria propia de una postguerra, sacar a todos los presos políticos, abrir el regreso de los exiliados, convocar a los empresarios a la activación de la emergencia productiva y atraer a los inversionistas con un nuevo espíritu democrático, libre iniciativa y garantías jurídicas. Urgen el refinanciamiento de la deuda y multimillonarios préstamos económicos para insumos productivos y para necesidades vitales de consumo. Nada de esto podría conseguir una nueva dictadura militar y tampoco un frágil ganador de elecciones partidistas con todos los demás (chavistas o no) en la oposición.

Es necesario un gobierno de transición con metas claras y tareas concretas, con amplio apoyo nacional por encima de parcelas partidistas. Un gobierno que incluya a opositores y chavistas, unidos en un esfuerzo de salvación nacional. Tal vez hace un año el gobierno de Maduro hubiera podido abrir este camino, pero ahora es imposible. El gobierno de transición debe fijar fecha de elecciones libres antes de un año, con condiciones democráticas y transparencia. Mientras ese gobierno responde a la población con medidas urgentes, los diversos grupos políticos y sociales deben llegar antes de las elecciones a una especie de Pacto de Gobernabilidad, con el compromiso de reconocer y apoyar a quien gane la Presidencia. Pacto con un programa básico de salvación nacional y de reconstrucción, de no menos de 10 años, apoyado por gobernantes y opositores democráticos. Todo ello imposible sin un gran apoyo internacional político, económico y humanitario.

Entramos derrotados a la modernidad del siglo XXI y a la superación de la pobreza. Ahora tenemos que subir una escarpada alta montaña de reconstrucción y no pensar ilusamente que con salir de este gobierno la tarea está hecha. Pero antes de empezar la subida enfrentamos un bloqueo dictatorial que impide avanzar. Quitar ese obstáculo es condición indispensable para seguir, pero, por terquedad de un régimen corrupto y sin esperanza se nos van en ello vidas, tiempo y energía, cuando urge desarrollar negociaciones e imaginación constructiva. La atención debe centrarse en la difícil subida de mañana y los requisitos para coronarla con éxito. Sin dejar la actual protesta de calle (acción decisiva para desbloquear los caminos constitucionales) debemos simultáneamente empezar a formar un gobierno de transición con hombres y mujeres de diversa procedencia pero unidos con claridad programática y decididos a no prolongarse más allá de los meses de transición emergente.

Un Gobierno de Transición, con todas las de la ley, con una Fuerza Armada decididamente democrática y defensora de la Constitución. Basarnos en la Constitución y en lo que nos queda de instituciones legítimas; en primer lugar la Asamblea Nacional en alianza con el pueblo sufriente alzado y con la Fiscal convertida en defensora de la democracia y unidos en el rescate del CNE y TSJ. La Fuerza Armada está obligada e invitada a asumir su responsabilidad constitucional y democrática en la difícil reconstrucción del país, con lo que recuperará los perdidos reconocimiento y afecto del pueblo. La alegría de Venezuela será inmensa cuando veamos aparecer un Gobierno de Transición realmente plural, de gente honrada e inteligente unida en un programa político de interés superior: la salvación del país. Cuanto más se haga esperar, más grave y dolorosa se volverá la actual agonía. Maduro usted, al cerrar los caminos de cambio, se convirtió en el eje de un régimen que tortura a Venezuela y ahora quiere perpetuarlo con el fraude de la Asamblea Constituyente.

Renuncie y quite el bloqueo que impide el inicio del ascenso a la montaña de la reconstrucción democrática con rescate de la esperanza y de la unidad nacional.

viernes, 2 de junio de 2017

Presidenta, ¿hoy día es mañana? - Carlos Peña


   
François Mitterrand (uno de los políticos con mayor conciencia de la escena histórica) dijo alguna vez, "júzguenme por los resultados". Al revés, la Presidenta Bachelet (una de las políticas, por decirlo así, con mayor sentido de la cotidianidad) pidió ayer que se la juzgara no por el resultado, sino por el horizonte histórico que su gestión había abierto.

¿Cómo se explica que una política más bien lejana a los vapores de la historia haya terminado apelando a ella?

Hegel, en su filosofía de la historia, se pregunta qué puede justificar los tropiezos, los fracasos y las ruinas que se ven cuando se mira hacia atrás. Y se responde que ello queda justificado porque en el futuro, esos fracasos y esos tropiezos se revelarán como el camino que debió seguirse para que el Espíritu alcanzara su plenitud y se reconciliara consigo mismo. El futuro, en suma, era la justificación de las torpezas del presente.

Es poco probable que la Presidenta sea lectora de Hegel; pero no cabe duda que su discurso repitió el mismo argumento. Las cosas no han estado del todo bien, dijo; pero el horizonte histórico se ha modificado, de manera que alguna vez, cuando se mire hacia atrás, lo que hoy parece tropiezo se revelará como un salto. Si me juzgan por los resultados, insinuó Bachelet, puede haber motivos para la duda; pero si se atiende al gran teatro de la historia, todo es mejor, y cuando seamos capaces de verlo ninguna duda quedará en pie. Hacia el final, de nuevo brotó la referencia a la historia.

El escribidor del discurso, luego de enumerar logros, proyectos y medidas, guió a Bachelet hacia una figura que recordó vagamente el discurso de la Marcha de la Patria Joven ("La bandera de O'Higgins. La bandera de Aguirre Cerda... no ha sido el empeño de uno. La historia que hemos puesto en movimiento..."). De nuevo la idea de que el futuro, ese vapor, podría curar las torpezas del presente.

Esta invitación a leer el presente desde un futuro que se ensancha puede explicarse, sin duda, como una forma retórica y levemente elusiva de reconocer errores y torpezas, envolviéndolos en el consuelo del largo plazo; pero también, y quizá esto sea lo más significativo, puede ser vista como un síntoma del tipo de política que comienza a extenderse en la esfera pública chilena y de la que este discurso puede ser el puntapié inicial: la política como escatología.

La escatología es esa parte de la teología que invita a leer el presente desde el supuesto destino trascendente del ser humano. La política concebida como escatología invita a imaginar la acción gubernamental y a juzgar su desempeño, a la luz de un futuro imaginado que le sirve a la vez de inspiración y de coartada.

El discurso de la Presidenta pertenece a ese género.

Y de alguna forma, él conecta con un cierto estilo cultural que, poco a poco, se está expandiendo en la política chilena.

Ese estilo consiste en concebir la política como una tarea de transformación inspirada no en los objetivos modestos e incrementales de la política decidida a dar un paso cada vez, midiendo las consecuencias y atenta a retroceder cuando sea necesario, sino en la narración global de un futuro que se espera y por referencia al cual se mide la acción del día a día, y para cuyo logro ningún precio parece demasiado alto, ningún entusiasmo poco y (como se vio en la cuenta) ningún aplauso suficiente.

Y es que quizá la mayor transformación cultural que se ha experimentado durante el gobierno de Bachelet no sea la lucha contra el fantasma neoliberal y a favor del Estado, sino contra la política concebida como transformación del presente, y a favor de la política concebida como la transformación del futuro. Y esto (cuyo principal exponente es el Frente Amplio, con el que la Presidenta, como se ve, tiene más parentesco que el que ambos están dispuestos a reconocer) no es solo un cambio de temporalidad de la política o el reverdecer de la adolescencia, sino una transformación mayor, porque invita a algo peligroso: a medir los logros del quehacer gubernamental comparándolos no con el hoy, sino con el rostro sin facciones del futuro, una tierra que todos habitan, pero en la que nunca nadie ha estado todavía.

Hasta que a alguien se le ocurra preguntar, ¿hoy día es mañana?

lunes, 22 de mayo de 2017

Maduro Inmaduro - Martin Bruggendieck


El Libero  
“El Paraíso Terrenal… yo tengo muy asentado en mi ánimo que donde dije, en Tierra de Gracia, allá es donde se halla”. Con estas palabras el Gran Almirante don Cristóbal Colón dio noticia en 1498 a los Reyes Católicos de España acerca del descubrimiento del delta del Orinoco y el golfo de Paria en el transcurso de su tercer periplo por el Caribe, ocasión en que por primera vez tocó las costas del continente sudamericano propiamente tal. Tres siglos después y con no menor entusiasmo, el naturalista Alexander v. Humboldt dedicaría parte importante de las descripciones y observaciones correspondientes a la primera etapa de su excursión por tierras sudamericanas a los paradisíacos parajes que conoció apenas tocara las costas continentales, aquellas de la hoy República Bolivariana de Venezuela.

En 1528 el rey Carlos I de España extendió la llamada Capitulación de Madrid, que permitía arrendar temporalmente parte de la Provincia de Venezuela a las casas bancarias y de inversiones alemanas Fugger y Welser, lo que dio paso a la creación del “klein Venedig”, la pequeña Venecia, nombre surgido de la observación por parte de los alemanes de los conglomerados de palafitos que habitaban los aborígenes cerca de la desembocadura del Orinoco.

Esta encantadora nueva Venecia parecería indigna de los sufrimientos que ha debido sobrellevar a lo largo de su historia, bastante similar, con los debidos matices, a casi todas las nuevas naciones que surgieron del abandono definitivo de América por los españoles.

Venezuela vive hoy uno de esos capítulos político-históricos que hacen dudar de la cordura humana. La persistente y fanática negación de los derechos civiles y ¡humanos! por parte del Presidente Nicolás Maduro, sus mañas para apernarse al poder, sus desvaríos ideológicos, su falta de pensamiento propio, su inconsecuencia frente a los propios partidarios del “chavismo” y, claro, su sangrienta represión de las manifestaciones opositoras son algunos de los hechos que constituyen síntomas suficientes para aseverar que la República Bolivariana está sumida en una crisis de alcance impredecible. Dichos síntomas tienen en vilo a millones de latinoamericanos, europeos, norteamericanos y neo-marxistas, tanto ortodoxos como gramscianos del orbe, todos pendientes de si la ruleta venezolana desfondará de una vez la banca madurista, o si el país podrá finalmente avanzar hacia una democratización profunda y verdadera. Cabe decir que la disyuntiva está bajo el microscopio de los políticos del orbe, tanto de los totalitaristas como de aquellos que creen en los valores esenciales de una forma de organización política que propende a generar la convivencia nacional e internacional en paz y con progreso.

Venezuela es un país potencialmente riquísimo: posee las mayores reservas mundiales de petróleo, una ganadería desarrollada en las grandes planicies o sabanas, sorprendente en sus alcances, especialmente por su producción de ganado de pastoreo, algo amenazado a nivel mundial. Sus reservas del “commoditie” son inmensas y hasta hace unos años su población multirracial trabajaba en pos del progreso individual y social.

Hoy, duele Venezuela -para dar espacio a un lugar común pero siempre sugerente. Las manifestaciones callejeras de los opositores democráticos contra un Presidente que usurpó el poder al morir Hugo Chávez crecen día a día. Su encumbramiento tras la muerte de su maestro Chávez mereció dudas de comienzo, pues en el marco de la Constitución chavista de 1999, el legítimo sucesor del mandatario “bolivariano” debió ser el entonces presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. Las sombrías raíces del madurismo, por si existe algo semejante, arraigan directamente en la ideología de Hugo Chávez, el verdadero instaurador de un indigesto cóctel de fascismo, populismo y marxismo “revisionista”, hoy apodado chavismo.

Venezuela, como tantos países “en vías de desarrollo”, ha sufrido de permanente inestabilidad política, del ir y venir entre el orden dictatorial, las inclemencias del caudillismo y con algunos períodos de encomiable democracia y estabilidad económica. Chávez, oficial de las fuerzas armadas de Venezuela, pretendió un golpe militar que fue abortado y que le costó un tiempo tras las rejas, aunque pronto surgió para él un impetuoso apoyo que permitió su liberación. En 1999 ganó las elecciones presidenciales y se estableció como la gran esperanza para el llamado mundo progre. Innegable su carisma, pero Hitler también llegó al poder por vía de elecciones democráticas libres y no le faltó el carisma de Satanás.

El problema de fondo del caso Maduro es que el verdadero auspiciador de su brutalidad fue Chávez, quien pocos meses antes de su muerte dejó establecido que Nicolás Maduro debía ser su reemplazante.

¿Y quién es Maduro? Un self-made man es mucho decir. Nació en pobreza, no concluyó su escolaridad, condujo autobuses por espacio de siete años y luego se cegó con la simpatía que le demostraba Chávez. Fue uno de los impulsores de la campaña de liberación del ex militar cuando éste permanecía preso. Y Maduro haría carrera a la sombra de Chávez. Como Stalin y Jrushchow a la sombra de Lenin. La brutalidad es un estimulante común de los déspotas. Y la brutal represión que hoy se ejerce contra los venezolanos da testimonio suficiente de su pensamiento “básico”, a pesar de todas las argucias chavistas para evitar la “intromisión” de los medios de comunicación mundiales, que día a día van desmenuzando lo que ocurre y se hacen eco de los luctuosos sucesos acaecidos en Venezuela.

No pretenderé aquí reiterar los datos más recientes, pues todavía hacen primeras planas y apuntan a una creciente viscosidad de la situación. Los ataques maduristas contra la Asamblea Nacional, la prensa y la empresa privada, la pauperización de una ciudadanía sufriente, las frustradas esperanzas de los presos políticos y las disquisiciones de los organismos internacionales nos llegan cada mañana con el desayuno.

La momentánea conclusión respecto de la oscilante situación es que el virtual dictador venezolano suele dar cinco pasos adelante para luego y titubeando, dar sólo uno para atrás. ¿Asombrarnos cada mañana? No, la desgracia ajena en nuestras pantallas pronto es reprimida por nuestro racionalismo para hacer del olvido alivio. Son pocos los chilenos que recuerdan a cabalidad lo acontecido en Chile en los albores de los 1970. O en Argentina bajo Perón y su arrogante pseudo fascismo. No hablaré de Cuba, pues da urticaria. Regímenes de “democracia popular” acuñan su sello personal y acaban convirtiéndose en monarquías absolutas y heredables. En Venezuela se pone una vez más en escena el peligroso rito de instauración del personalismo totalitario, fatalidad que de tiempo en tiempo afecta a países diversos, quienes en consecuencia derivan hacia las antípodas del régimen democrático representativo, que si bien inestable en sí, siempre es perfeccionable. Y en esto último reside su gran ventaja, aunque también su debilidad. Las democracias occidentales no han incorporado en su mayoría un principio fundamental: “No abrirás las puertas a los enemigos de la democracia”, a menudo ocultos tras el babero de reivindicaciones juveniles o las barbas ideológicas de carácter prehistórico.

Lo más descabellado del drama venezolano parece ser que en la actual constitución de la República Bolivariana, primero redactada por una asamblea constituyente y después aprobada en el referéndum constitucional de 1999, afirma que la República Bolivariana de Venezuela se constituye como un estado social y democrático de derecho y de justicia, que sostiene como valores un estado socialista, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia y la responsabilidad social, además de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político.

La actual situación venezolana exhibe una gravedad que amenaza con arrastrar al país a un punto sin retorno. Hasta ahora han sido pocas las voces que se han escuchado con fuerza en el mundo. Casi todos hacen como si no pasara nada.  La OEA, la ONU, naciones democráticas supuestamente garantes de la libertad -como Estados Unidos- e incluso altas instancias de la Iglesia Católica, como el CELAM, no parecen querer ir más allá de una intervención simbólica, aunque paso a paso se observa una mayor disposición a tomar cartas en el asunto. Sólo muy recientemente ha puesto Washington alguna atención en Caracas, lo que se espera amplíe el rango de las protestas, cuya represión será explicada como “herramientas del imperialismo”. El flaco favor que con sus acciones acotadas hizo a la comunidad latinoamericana el ex Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, de reconocida trayectoria socialista, al someterse al dictat de poner paños fríos a lo explosivo, ha sido medianamente contrarrestado por el actual, Luis Almagro, quien sí ha formulado llamados y ha alentado la acción de los gobiernos del continente para frenar a Maduro. Pero, éste no es un hombre que se amilana ante “llamados” y “sanciones”. Sencillamente dio otro paso adelante y desvinculó a Venezuela de la OEA. Al menos formalmente. Pronto volvió a titubear.

Para tomar nota de otra arista de la situación venezolana debemos resaltar el hecho de que la “república bolivariana” no ha podido hacer frente a la histórica media de 18 mil asesinatos anuales en el país, la segunda tasa más elevada del planeta, factor no despreciable en relación a la sangrienta represión madurista que ya ha costado la vida a unos cuarenta opositores. “País caliente” se dice. Claro, aún más caliente cuando se despliegan sobre los techos aledaños a las calles por donde se desplazan los manifestantes a francotiradores que se afanan en incrementar la mortal tasa, o cuando las fuerzas de seguridad y los “colectivos bolivarianos” golpean a matar a mujeres y adolescentes. ¡Matar es sencillo, llevar la vida a buen destino, difícil, compañero Maduro!

Hubo en el pasado un caso notable que justificó la llamada “injerencia humanitaria” para impulsar a las naciones a una intervención: Somalia. Venezuela no está lejos de una “crisis humanitaria” de alto voltaje y tan sólo el hecho de que con el dinero del petróleo se estén comprando voluntades y silencios fuera de Venezuela y que el régimen sea “progre” explica la actitud cómplice de parte de naciones latinoamericanas de orientación filo-marxista. ¿Qué dirían los medios de comunicación y los líderes políticos y religiosos del mundo si esto pasara bajo un dictador de derecha? En esto, como en tantas otras cosas, ser de izquierdas -moderadas o radicales- da una especie de vamos a la arbitrariedad y el matonaje.  Más grave aún es que en Venezuela hay millones de personas que viven sin seguridad, sin alimentos y sin garantías constitucionales, dependiendo de la arbitrariedad de una dictadura todavía embrionaria que lenta y “prudentemente” va revelando su objetivo totalitario. “Venezuela muy pronto puede ser peor que Siria”. Así estiman observadores y analistas europeos. ¿Cuánto tardará la ciudadanía venezolana en exhortar directamente a los países vecinos?

Ahora, veamos cómo las ideas del chavismo ya no sólo sirven de ejemplo para lugares como Nicaragua, Ecuador o Bolivia, sino que se están exportando a Europa. Y no es broma: los movimientos inspirados en el chavismo ya se han posicionado como la tercera fuerza electoral en España y Francia nada de poca cosa.

La espuria solución de Maduro a su drama individual y al colectivo es la cada vez más popular receta mágica para los dolores del socialismo latinoamericano: Asamblea Constituyente… para “refundarlo todo”. ¿Le suena conocido? Es que la receta simple, pero grandilocuente, de convocar a las masas a un proceso refundacional ya no reconoce fronteras. En el plano más inmediato, Maduro ha amenazado con repartir medio millón de fusiles a las milicias bolivarianas o “colectivos”, con objeto de sacar adelante su “revolución”.

La República Bovariana se aproxima a su desquiciamiento histórico. Pero éste no puede ser bien comprendido sin hablar de los esfuerzos realizados a favor o en contra de Maduro.  Luisa Marvelia Ortega Díaz (59), amén de ser chavista a ultranza, se ha posicionado como uno de los rostros más conocidos del gobierno de Maduro hecho que se debe principalmente por ser la Fiscal General de la República, que envió tras rejas a Leopoldo López, líder de la oposición, pero que sorprendentemente rechazó la finta madurista de eliminar la Asamblea Nacional y “entregar” el poder a los tribunales, dominados por el madurismo. En Venezuela hay una soterrada lucha entre los poderes del estado. Tras la exigencia del parlamento de defenestrar de sus cargos a un número de integrantes del tribunal constitucional, el gobierno socialista acusó a la mayoría parlamentaria de oposición de intentar un “golpe de estado”. Maduro: “Enfrentamos un desquiciado ataque de la oligarquía y del imperialismo”. Soberbia mezcla de socialismo a la antigua y populismo desfachatado. Claro que al hablar de “populismo” se entra en un terreno fangoso. Pues en determinada situación puede hablarse de populismo neto, y en otra de demagogia pura. Ahora bien, tampoco faltan ingredientes puramente fascistas –no hitleristas- contando entonces con una gran variedad de recursos y métodos. Por otra parte, sobran razones para considerar que este neofascismo y el nacionalismo a ultranza siempre han cultivado lazos con la izquierda política, constituyéndose en una variante chovinista del socialismo de estado, v. gr. bolivarianismo, peronismo, chavismo, con sus programas económicos colectivistas, su proteccionismo, sus nacionalizaciones y su narrativa política. Dato de antología al respecto: está documentado que V. I. Ulianov, alias Lenin, se inspiró en los principios fascistas que esgrimían algunos feroces partidarios de la Rusia zarista en lo referente a la estructura de su estado totalitario. Todo es un solo pastiche en esta aldea global, síntoma de los grandes cambios paradigmáticos que vivimos sin mucho darnos cuenta.

El patético y regresivo estilo de conducción del actual mandatario de Venezuela destaca tan poderosamente en el mapamundi como el de su “colega” Kim, en Corea del Norte, tan inmaduro que el Presidente estadounidense Donald Trump, aparte de ofrecerle un acercamiento personal, lo tildó de jovencito inexperto (tiene 27 mal llevados años). Hay también implicancias e inserción de la corriente política venezolana en el vasto abanico global, constituyendo sin duda uno más de los “hot spots” mundiales actuales, junto con la violencia que nuevamente amenaza a Colombia y a la América central, los siniestros atentados del extremismo musulmán, las vergonzosas corrupciones y malversaciones en todo el orbe, la incapacidad de los políticos de mirar más allá de sus calculadoras y toda la pandemia de desaciertos que parecen regir el mundo global, factores todos que obligan a recordar la Europa de los años 30 del siglo recién pasado.   Muchos hablan hoy de la carencia de líderes genuinos. Porque, dígame usted, ¿cuántos estadistas se perfilan en su conciencia cotidiana? Bastan los dedos de una mano, si es que no sobran.

Los torpes carraspeos egocéntricos de personajes no nacidos para gobernar suelen atribuirse al subdesarrollo político, económico y social de sus países, lo que indefectiblemente conduciría al voluntarismo dictatorial. Esta suerte de individuos desconoce por completo la realidad más profunda de la democracia, tal como surgió en Occidente. Y Nicolás Maduro no ha madurado como para darse cuenta de que no puede moverse como un elefante aprisionado en una cristalería (por demás, bien defendido por su eterno chaleco antibalas), sino que debe alcanzar un desarrollo personal que le permita comprender los acontecimientos y las transformaciones reales que ocurren a nivel global.

Históricamente, cuando no hay nada o muy poco que repartir, las naciones se ven tentadas por los infaltables flautistas de Hamelin, desconociendo que hay que invertir y hacer producir ese poco para sumarse al coro de los países dignos y libres. Otra señal característica es que se niega toda probidad y derecho de ejercer la política a quienes han logrado fortuna, síntoma característico del ideario marxista gramsciano y castrista (fenómenos cuyo paralelismo valdría explorar).

El problema con el escenario venezolano es que cuando sus principales actores optaron por “bajar” el libreto de Hugo Chávez, la utopía bolivariana cayó hecha añicos, pues bien sabemos que cuando la realidad supera a la fantasía se acaba la izquierda, como bien sabemos en Chile y debería aprender Maduro. Hablar abiertamente de V. I. Ulianov (Lenin) no parece ya decoroso, pero sus tácticas decimonónicas siguen aquerenciadas en nuestra América latina. El arte de la deconstrucción sistemática del sistema democrático representativo y de la economía de mercado es un sino de las izquierdas, tanto de las duras como de las solapadas.

Y ya que de historia hablamos, hablemos de los “hard facts”: Nicolás Maduro fue juramentado como presidente de la República Bolivariana en reemplazo de Chávez tras fallecer éste. Fue ratificado por la Asamblea Nacional, no obstante que según el artículo 233 de la Constitución chavista aquello era inconstitucional. Teniendo a su favor toda la maquinaria chavista, logró reelegirse en 2013. El 9 de septiembre del mismo año fue presentada ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) la impugnación de las elecciones debido a un supuesto y engañoso recuento de los votos. Transcurrió apenas un día para que Maduro hiciera efectiva la salida de Venezuela de dicho mecanismo. ¿Cuál fue el trasfondo de esta situación? Las elecciones presidenciales de Venezuela se desarrollaron el 14 de abril del 2013. En ellas se emitieron 14 988 563 votos válidos, distribuidos de la siguiente manera: Nicolás Maduro Moros obtuvo 7 587 532 (el 50,61 %) y Henrique Capriles Radonski, 7 363 264 (el 49,1 %). La conflictividad política de 2013 por los resultados de la elección presidencial desencadenó las manifestaciones venezolanas de 2014, a las que se sumó un deterioro marcado de la economía, un aumento sostenido de los índices de criminalidad a nivel nacional y denuncias de corrupción en organismos públicos.

Ahora bien, Maduro hace preguntarse por la verdadera ideología de Chávez, tildado por uno de sus discípulos como “el mayor humanista de la historia”. ¿Comunismo caudillista, con una careta mesiánica? Latinoamérica estuvo por décadas presa de la ideología que emanaba y sigue emanando de la trágica Cuba, altar de las ilusiones y del supuesto paraíso que construirían Fidel y el Ché Guevara, y que a ojos vista llegó a parecerse más al Gúlag que al Edén de las libertades. Chávez nunca fue un niño de pecho. Era un utopista rendido al caudillismo y al tropicalismo político. Chávez fue un populo-fascista-marxista-chovinista. Podríamos aventurar que Maduro es una creación leninista de Chávez: ¡El poder a como sea! Las actuales resquebrajaduras al interior del chavismo, observadas con detenimiento por los analistas de la escena internacional, parecen nacer del intento madurista de salir adelante con un populo-marxismo-castrista. Pero le falta el brillo, la capacidad de convencer, la labia característica de Hugo Chávez. Además, sueña con extender el socialismo bolivariano a todo el continente hispanoamericano; ya hay países donde va sentando sus raíces. Con todo, Maduro sólo se parece cada día más a Kim, quien preside un país tras haber heredado en cargo de su padre.

Los populismos latinoamericanos vienen de larga data. El número de caudillos y de dictadores son virtualmente incontables en la historia de las naciones sudamericanas. Chile se ha salvado hasta hoy de contraer semejante mal. Pero nunca se ha analizado lo bastante cuál es la plataforma que sostiene a estos regímenes. El “peronismo” socavó el bienestar y la riqueza de la Argentina. El alma de los “descamisados” siguió su curso, proyectándose como el fatal sino de la vecina república. Tal vez Castro y su hermano hayan obedecido a una categoría diferente, pues accedieron al poder tras vencer en una guerra de guerrillas. Muchos de los otros llegaron forzados por intereses comerciales extranjeros y un gran número de ellos fueron elegidos democráticamente para acto seguido renegar de la democracia bien entendida. Pero junto al chavismo destaca otro engendro populista: el “kirchnerismo”. Hace unas semanas se viralizó en Internet la afirmación de una buena ama de casa bonaerense: “Cristina [viuda del “peronista” Kirchner y fundador del “kichnerismo”] robaba, pero teníamos para comer, hoy tenemos que laburar”. La increíble frase que encierra el largo drama argentino explica muchas cosas, muchas actitudes y una tremenda inmadurez cívica. ¿Perdurarán esas voces?

Martín Bruggendieck es filósofo de la cultura, escritor y traductor.