lunes, 22 de mayo de 2017

Maduro Inmaduro - Martin Bruggendieck


El Libero  
“El Paraíso Terrenal… yo tengo muy asentado en mi ánimo que donde dije, en Tierra de Gracia, allá es donde se halla”. Con estas palabras el Gran Almirante don Cristóbal Colón dio noticia en 1498 a los Reyes Católicos de España acerca del descubrimiento del delta del Orinoco y el golfo de Paria en el transcurso de su tercer periplo por el Caribe, ocasión en que por primera vez tocó las costas del continente sudamericano propiamente tal. Tres siglos después y con no menor entusiasmo, el naturalista Alexander v. Humboldt dedicaría parte importante de las descripciones y observaciones correspondientes a la primera etapa de su excursión por tierras sudamericanas a los paradisíacos parajes que conoció apenas tocara las costas continentales, aquellas de la hoy República Bolivariana de Venezuela.

En 1528 el rey Carlos I de España extendió la llamada Capitulación de Madrid, que permitía arrendar temporalmente parte de la Provincia de Venezuela a las casas bancarias y de inversiones alemanas Fugger y Welser, lo que dio paso a la creación del “klein Venedig”, la pequeña Venecia, nombre surgido de la observación por parte de los alemanes de los conglomerados de palafitos que habitaban los aborígenes cerca de la desembocadura del Orinoco.

Esta encantadora nueva Venecia parecería indigna de los sufrimientos que ha debido sobrellevar a lo largo de su historia, bastante similar, con los debidos matices, a casi todas las nuevas naciones que surgieron del abandono definitivo de América por los españoles.

Venezuela vive hoy uno de esos capítulos político-históricos que hacen dudar de la cordura humana. La persistente y fanática negación de los derechos civiles y ¡humanos! por parte del Presidente Nicolás Maduro, sus mañas para apernarse al poder, sus desvaríos ideológicos, su falta de pensamiento propio, su inconsecuencia frente a los propios partidarios del “chavismo” y, claro, su sangrienta represión de las manifestaciones opositoras son algunos de los hechos que constituyen síntomas suficientes para aseverar que la República Bolivariana está sumida en una crisis de alcance impredecible. Dichos síntomas tienen en vilo a millones de latinoamericanos, europeos, norteamericanos y neo-marxistas, tanto ortodoxos como gramscianos del orbe, todos pendientes de si la ruleta venezolana desfondará de una vez la banca madurista, o si el país podrá finalmente avanzar hacia una democratización profunda y verdadera. Cabe decir que la disyuntiva está bajo el microscopio de los políticos del orbe, tanto de los totalitaristas como de aquellos que creen en los valores esenciales de una forma de organización política que propende a generar la convivencia nacional e internacional en paz y con progreso.

Venezuela es un país potencialmente riquísimo: posee las mayores reservas mundiales de petróleo, una ganadería desarrollada en las grandes planicies o sabanas, sorprendente en sus alcances, especialmente por su producción de ganado de pastoreo, algo amenazado a nivel mundial. Sus reservas del “commoditie” son inmensas y hasta hace unos años su población multirracial trabajaba en pos del progreso individual y social.

Hoy, duele Venezuela -para dar espacio a un lugar común pero siempre sugerente. Las manifestaciones callejeras de los opositores democráticos contra un Presidente que usurpó el poder al morir Hugo Chávez crecen día a día. Su encumbramiento tras la muerte de su maestro Chávez mereció dudas de comienzo, pues en el marco de la Constitución chavista de 1999, el legítimo sucesor del mandatario “bolivariano” debió ser el entonces presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello. Las sombrías raíces del madurismo, por si existe algo semejante, arraigan directamente en la ideología de Hugo Chávez, el verdadero instaurador de un indigesto cóctel de fascismo, populismo y marxismo “revisionista”, hoy apodado chavismo.

Venezuela, como tantos países “en vías de desarrollo”, ha sufrido de permanente inestabilidad política, del ir y venir entre el orden dictatorial, las inclemencias del caudillismo y con algunos períodos de encomiable democracia y estabilidad económica. Chávez, oficial de las fuerzas armadas de Venezuela, pretendió un golpe militar que fue abortado y que le costó un tiempo tras las rejas, aunque pronto surgió para él un impetuoso apoyo que permitió su liberación. En 1999 ganó las elecciones presidenciales y se estableció como la gran esperanza para el llamado mundo progre. Innegable su carisma, pero Hitler también llegó al poder por vía de elecciones democráticas libres y no le faltó el carisma de Satanás.

El problema de fondo del caso Maduro es que el verdadero auspiciador de su brutalidad fue Chávez, quien pocos meses antes de su muerte dejó establecido que Nicolás Maduro debía ser su reemplazante.

¿Y quién es Maduro? Un self-made man es mucho decir. Nació en pobreza, no concluyó su escolaridad, condujo autobuses por espacio de siete años y luego se cegó con la simpatía que le demostraba Chávez. Fue uno de los impulsores de la campaña de liberación del ex militar cuando éste permanecía preso. Y Maduro haría carrera a la sombra de Chávez. Como Stalin y Jrushchow a la sombra de Lenin. La brutalidad es un estimulante común de los déspotas. Y la brutal represión que hoy se ejerce contra los venezolanos da testimonio suficiente de su pensamiento “básico”, a pesar de todas las argucias chavistas para evitar la “intromisión” de los medios de comunicación mundiales, que día a día van desmenuzando lo que ocurre y se hacen eco de los luctuosos sucesos acaecidos en Venezuela.

No pretenderé aquí reiterar los datos más recientes, pues todavía hacen primeras planas y apuntan a una creciente viscosidad de la situación. Los ataques maduristas contra la Asamblea Nacional, la prensa y la empresa privada, la pauperización de una ciudadanía sufriente, las frustradas esperanzas de los presos políticos y las disquisiciones de los organismos internacionales nos llegan cada mañana con el desayuno.

La momentánea conclusión respecto de la oscilante situación es que el virtual dictador venezolano suele dar cinco pasos adelante para luego y titubeando, dar sólo uno para atrás. ¿Asombrarnos cada mañana? No, la desgracia ajena en nuestras pantallas pronto es reprimida por nuestro racionalismo para hacer del olvido alivio. Son pocos los chilenos que recuerdan a cabalidad lo acontecido en Chile en los albores de los 1970. O en Argentina bajo Perón y su arrogante pseudo fascismo. No hablaré de Cuba, pues da urticaria. Regímenes de “democracia popular” acuñan su sello personal y acaban convirtiéndose en monarquías absolutas y heredables. En Venezuela se pone una vez más en escena el peligroso rito de instauración del personalismo totalitario, fatalidad que de tiempo en tiempo afecta a países diversos, quienes en consecuencia derivan hacia las antípodas del régimen democrático representativo, que si bien inestable en sí, siempre es perfeccionable. Y en esto último reside su gran ventaja, aunque también su debilidad. Las democracias occidentales no han incorporado en su mayoría un principio fundamental: “No abrirás las puertas a los enemigos de la democracia”, a menudo ocultos tras el babero de reivindicaciones juveniles o las barbas ideológicas de carácter prehistórico.

Lo más descabellado del drama venezolano parece ser que en la actual constitución de la República Bolivariana, primero redactada por una asamblea constituyente y después aprobada en el referéndum constitucional de 1999, afirma que la República Bolivariana de Venezuela se constituye como un estado social y democrático de derecho y de justicia, que sostiene como valores un estado socialista, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia y la responsabilidad social, además de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político.

La actual situación venezolana exhibe una gravedad que amenaza con arrastrar al país a un punto sin retorno. Hasta ahora han sido pocas las voces que se han escuchado con fuerza en el mundo. Casi todos hacen como si no pasara nada.  La OEA, la ONU, naciones democráticas supuestamente garantes de la libertad -como Estados Unidos- e incluso altas instancias de la Iglesia Católica, como el CELAM, no parecen querer ir más allá de una intervención simbólica, aunque paso a paso se observa una mayor disposición a tomar cartas en el asunto. Sólo muy recientemente ha puesto Washington alguna atención en Caracas, lo que se espera amplíe el rango de las protestas, cuya represión será explicada como “herramientas del imperialismo”. El flaco favor que con sus acciones acotadas hizo a la comunidad latinoamericana el ex Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, de reconocida trayectoria socialista, al someterse al dictat de poner paños fríos a lo explosivo, ha sido medianamente contrarrestado por el actual, Luis Almagro, quien sí ha formulado llamados y ha alentado la acción de los gobiernos del continente para frenar a Maduro. Pero, éste no es un hombre que se amilana ante “llamados” y “sanciones”. Sencillamente dio otro paso adelante y desvinculó a Venezuela de la OEA. Al menos formalmente. Pronto volvió a titubear.

Para tomar nota de otra arista de la situación venezolana debemos resaltar el hecho de que la “república bolivariana” no ha podido hacer frente a la histórica media de 18 mil asesinatos anuales en el país, la segunda tasa más elevada del planeta, factor no despreciable en relación a la sangrienta represión madurista que ya ha costado la vida a unos cuarenta opositores. “País caliente” se dice. Claro, aún más caliente cuando se despliegan sobre los techos aledaños a las calles por donde se desplazan los manifestantes a francotiradores que se afanan en incrementar la mortal tasa, o cuando las fuerzas de seguridad y los “colectivos bolivarianos” golpean a matar a mujeres y adolescentes. ¡Matar es sencillo, llevar la vida a buen destino, difícil, compañero Maduro!

Hubo en el pasado un caso notable que justificó la llamada “injerencia humanitaria” para impulsar a las naciones a una intervención: Somalia. Venezuela no está lejos de una “crisis humanitaria” de alto voltaje y tan sólo el hecho de que con el dinero del petróleo se estén comprando voluntades y silencios fuera de Venezuela y que el régimen sea “progre” explica la actitud cómplice de parte de naciones latinoamericanas de orientación filo-marxista. ¿Qué dirían los medios de comunicación y los líderes políticos y religiosos del mundo si esto pasara bajo un dictador de derecha? En esto, como en tantas otras cosas, ser de izquierdas -moderadas o radicales- da una especie de vamos a la arbitrariedad y el matonaje.  Más grave aún es que en Venezuela hay millones de personas que viven sin seguridad, sin alimentos y sin garantías constitucionales, dependiendo de la arbitrariedad de una dictadura todavía embrionaria que lenta y “prudentemente” va revelando su objetivo totalitario. “Venezuela muy pronto puede ser peor que Siria”. Así estiman observadores y analistas europeos. ¿Cuánto tardará la ciudadanía venezolana en exhortar directamente a los países vecinos?

Ahora, veamos cómo las ideas del chavismo ya no sólo sirven de ejemplo para lugares como Nicaragua, Ecuador o Bolivia, sino que se están exportando a Europa. Y no es broma: los movimientos inspirados en el chavismo ya se han posicionado como la tercera fuerza electoral en España y Francia nada de poca cosa.

La espuria solución de Maduro a su drama individual y al colectivo es la cada vez más popular receta mágica para los dolores del socialismo latinoamericano: Asamblea Constituyente… para “refundarlo todo”. ¿Le suena conocido? Es que la receta simple, pero grandilocuente, de convocar a las masas a un proceso refundacional ya no reconoce fronteras. En el plano más inmediato, Maduro ha amenazado con repartir medio millón de fusiles a las milicias bolivarianas o “colectivos”, con objeto de sacar adelante su “revolución”.

La República Bovariana se aproxima a su desquiciamiento histórico. Pero éste no puede ser bien comprendido sin hablar de los esfuerzos realizados a favor o en contra de Maduro.  Luisa Marvelia Ortega Díaz (59), amén de ser chavista a ultranza, se ha posicionado como uno de los rostros más conocidos del gobierno de Maduro hecho que se debe principalmente por ser la Fiscal General de la República, que envió tras rejas a Leopoldo López, líder de la oposición, pero que sorprendentemente rechazó la finta madurista de eliminar la Asamblea Nacional y “entregar” el poder a los tribunales, dominados por el madurismo. En Venezuela hay una soterrada lucha entre los poderes del estado. Tras la exigencia del parlamento de defenestrar de sus cargos a un número de integrantes del tribunal constitucional, el gobierno socialista acusó a la mayoría parlamentaria de oposición de intentar un “golpe de estado”. Maduro: “Enfrentamos un desquiciado ataque de la oligarquía y del imperialismo”. Soberbia mezcla de socialismo a la antigua y populismo desfachatado. Claro que al hablar de “populismo” se entra en un terreno fangoso. Pues en determinada situación puede hablarse de populismo neto, y en otra de demagogia pura. Ahora bien, tampoco faltan ingredientes puramente fascistas –no hitleristas- contando entonces con una gran variedad de recursos y métodos. Por otra parte, sobran razones para considerar que este neofascismo y el nacionalismo a ultranza siempre han cultivado lazos con la izquierda política, constituyéndose en una variante chovinista del socialismo de estado, v. gr. bolivarianismo, peronismo, chavismo, con sus programas económicos colectivistas, su proteccionismo, sus nacionalizaciones y su narrativa política. Dato de antología al respecto: está documentado que V. I. Ulianov, alias Lenin, se inspiró en los principios fascistas que esgrimían algunos feroces partidarios de la Rusia zarista en lo referente a la estructura de su estado totalitario. Todo es un solo pastiche en esta aldea global, síntoma de los grandes cambios paradigmáticos que vivimos sin mucho darnos cuenta.

El patético y regresivo estilo de conducción del actual mandatario de Venezuela destaca tan poderosamente en el mapamundi como el de su “colega” Kim, en Corea del Norte, tan inmaduro que el Presidente estadounidense Donald Trump, aparte de ofrecerle un acercamiento personal, lo tildó de jovencito inexperto (tiene 27 mal llevados años). Hay también implicancias e inserción de la corriente política venezolana en el vasto abanico global, constituyendo sin duda uno más de los “hot spots” mundiales actuales, junto con la violencia que nuevamente amenaza a Colombia y a la América central, los siniestros atentados del extremismo musulmán, las vergonzosas corrupciones y malversaciones en todo el orbe, la incapacidad de los políticos de mirar más allá de sus calculadoras y toda la pandemia de desaciertos que parecen regir el mundo global, factores todos que obligan a recordar la Europa de los años 30 del siglo recién pasado.   Muchos hablan hoy de la carencia de líderes genuinos. Porque, dígame usted, ¿cuántos estadistas se perfilan en su conciencia cotidiana? Bastan los dedos de una mano, si es que no sobran.

Los torpes carraspeos egocéntricos de personajes no nacidos para gobernar suelen atribuirse al subdesarrollo político, económico y social de sus países, lo que indefectiblemente conduciría al voluntarismo dictatorial. Esta suerte de individuos desconoce por completo la realidad más profunda de la democracia, tal como surgió en Occidente. Y Nicolás Maduro no ha madurado como para darse cuenta de que no puede moverse como un elefante aprisionado en una cristalería (por demás, bien defendido por su eterno chaleco antibalas), sino que debe alcanzar un desarrollo personal que le permita comprender los acontecimientos y las transformaciones reales que ocurren a nivel global.

Históricamente, cuando no hay nada o muy poco que repartir, las naciones se ven tentadas por los infaltables flautistas de Hamelin, desconociendo que hay que invertir y hacer producir ese poco para sumarse al coro de los países dignos y libres. Otra señal característica es que se niega toda probidad y derecho de ejercer la política a quienes han logrado fortuna, síntoma característico del ideario marxista gramsciano y castrista (fenómenos cuyo paralelismo valdría explorar).

El problema con el escenario venezolano es que cuando sus principales actores optaron por “bajar” el libreto de Hugo Chávez, la utopía bolivariana cayó hecha añicos, pues bien sabemos que cuando la realidad supera a la fantasía se acaba la izquierda, como bien sabemos en Chile y debería aprender Maduro. Hablar abiertamente de V. I. Ulianov (Lenin) no parece ya decoroso, pero sus tácticas decimonónicas siguen aquerenciadas en nuestra América latina. El arte de la deconstrucción sistemática del sistema democrático representativo y de la economía de mercado es un sino de las izquierdas, tanto de las duras como de las solapadas.

Y ya que de historia hablamos, hablemos de los “hard facts”: Nicolás Maduro fue juramentado como presidente de la República Bolivariana en reemplazo de Chávez tras fallecer éste. Fue ratificado por la Asamblea Nacional, no obstante que según el artículo 233 de la Constitución chavista aquello era inconstitucional. Teniendo a su favor toda la maquinaria chavista, logró reelegirse en 2013. El 9 de septiembre del mismo año fue presentada ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) la impugnación de las elecciones debido a un supuesto y engañoso recuento de los votos. Transcurrió apenas un día para que Maduro hiciera efectiva la salida de Venezuela de dicho mecanismo. ¿Cuál fue el trasfondo de esta situación? Las elecciones presidenciales de Venezuela se desarrollaron el 14 de abril del 2013. En ellas se emitieron 14 988 563 votos válidos, distribuidos de la siguiente manera: Nicolás Maduro Moros obtuvo 7 587 532 (el 50,61 %) y Henrique Capriles Radonski, 7 363 264 (el 49,1 %). La conflictividad política de 2013 por los resultados de la elección presidencial desencadenó las manifestaciones venezolanas de 2014, a las que se sumó un deterioro marcado de la economía, un aumento sostenido de los índices de criminalidad a nivel nacional y denuncias de corrupción en organismos públicos.

Ahora bien, Maduro hace preguntarse por la verdadera ideología de Chávez, tildado por uno de sus discípulos como “el mayor humanista de la historia”. ¿Comunismo caudillista, con una careta mesiánica? Latinoamérica estuvo por décadas presa de la ideología que emanaba y sigue emanando de la trágica Cuba, altar de las ilusiones y del supuesto paraíso que construirían Fidel y el Ché Guevara, y que a ojos vista llegó a parecerse más al Gúlag que al Edén de las libertades. Chávez nunca fue un niño de pecho. Era un utopista rendido al caudillismo y al tropicalismo político. Chávez fue un populo-fascista-marxista-chovinista. Podríamos aventurar que Maduro es una creación leninista de Chávez: ¡El poder a como sea! Las actuales resquebrajaduras al interior del chavismo, observadas con detenimiento por los analistas de la escena internacional, parecen nacer del intento madurista de salir adelante con un populo-marxismo-castrista. Pero le falta el brillo, la capacidad de convencer, la labia característica de Hugo Chávez. Además, sueña con extender el socialismo bolivariano a todo el continente hispanoamericano; ya hay países donde va sentando sus raíces. Con todo, Maduro sólo se parece cada día más a Kim, quien preside un país tras haber heredado en cargo de su padre.

Los populismos latinoamericanos vienen de larga data. El número de caudillos y de dictadores son virtualmente incontables en la historia de las naciones sudamericanas. Chile se ha salvado hasta hoy de contraer semejante mal. Pero nunca se ha analizado lo bastante cuál es la plataforma que sostiene a estos regímenes. El “peronismo” socavó el bienestar y la riqueza de la Argentina. El alma de los “descamisados” siguió su curso, proyectándose como el fatal sino de la vecina república. Tal vez Castro y su hermano hayan obedecido a una categoría diferente, pues accedieron al poder tras vencer en una guerra de guerrillas. Muchos de los otros llegaron forzados por intereses comerciales extranjeros y un gran número de ellos fueron elegidos democráticamente para acto seguido renegar de la democracia bien entendida. Pero junto al chavismo destaca otro engendro populista: el “kirchnerismo”. Hace unas semanas se viralizó en Internet la afirmación de una buena ama de casa bonaerense: “Cristina [viuda del “peronista” Kirchner y fundador del “kichnerismo”] robaba, pero teníamos para comer, hoy tenemos que laburar”. La increíble frase que encierra el largo drama argentino explica muchas cosas, muchas actitudes y una tremenda inmadurez cívica. ¿Perdurarán esas voces?

Martín Bruggendieck es filósofo de la cultura, escritor y traductor.

jueves, 11 de mayo de 2017

El fin del ciclo de las coaliciones permanentes - Carlos Hunneus

El fin del ciclo de las coaliciones permanentes
"...la coalición permanente perjudica a los partidos, que no necesitan cuidar sus identidades históricas y programáticas para entusiasmar a sus votantes, porque priorizan las del conglomerado...".

   
La decisión del PDC de concurrir a las elecciones presidenciales de noviembre con la senadora Carolina Goic es de grandes alcances porque pone fin al ciclo de la política de coaliciones permanentes, iniciado en el plebiscito de 1988.

La Concertación, una coalición del centro y la izquierda, fue creada por la dura experiencia de la dictadura y el difícil contexto de la transición: la presencia del dictador en la arena política, el binominal, etcétera.

Sin embargo, esas razones se desvanecieron, y la alianza política, con el paso del tiempo, siguió más bien por inercia, justificada por el desempeño pasado. El ingreso del PC cambió su naturaleza hacia una coalición de izquierda con un débil centro.

Esta práctica dio la espalda a una historia de sistema múltiple de partidos, que reflejaba el pluralismo político y la integración de fuerzas políticas a la democracia.

El mantenimiento de la coalición tuvo altos costos políticos, con la crisis de representación, expresada en el debilitamiento de los partidos -en su organización y en sus capacidades para participar en el Gobierno- y el desplome de la participación ciudadana en las votaciones. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2013, el 58% se quedó en sus casas y saltó al 65% en las municipales de 2016. Es probable que esa tendencia continúe en las de este año.

También tiene responsabilidad en la crisis de legitimación del sistema económico, con el financiamiento ilegal de la política por importantes empresas, que mostró la estrecha relación existente entre el poder económico y el poder político. Ello se expresó antes en una agenda pública amistosa con los intereses del primero. Con una competencia partidista, esa desviación podría haberse detenido.

La coalición permanente perjudica a los partidos, que no necesitan cuidar sus identidades históricas y programáticas para entusiasmar a sus votantes, porque priorizan las del conglomerado.

Daña la competencia electoral al limitar las opciones a dos bloques -el Sí y el No, la Alianza y la Concertación, Chile Vamos y Nueva Mayoría- y rechazar que sea entre todos los partidos, como ocurre en todas las democracias. Esto perjudica la participación electoral, porque los votantes no ven diferencias programáticas entre los partidos y los candidatos, acentuado por la primacía del consenso económico entre los dos bloques. Las campañas electorales son aburridas y predecibles en sus resultados, lo que explica la caída de la participación.

El desplome de la participación lleva a la formación de gobiernos minoritarios. Michelle Bachelet se impuso en la segunda vuelta de las elecciones de 2013 con el 62,2%, pero, como votó el 42% del electorado, su respaldo fue de un 25,5%. Tuvo una mayoría fabricada por el balotaje, pero su base política fue limitada, la cual se expresaría en las encuestas antes del caso Caval.

Un Presidente minoritario no tiene poder para enfrentar problemas complejos y los que afectan intereses poderosos.

La debilidad de los partidos explica que, cuando proclaman un candidato presidencial, ello no tiene impacto en la opinión pública. La senadora Isabel Allende, entonces presidenta del PS, reprochó a los precandidatos de la colectividad y al ex Presidente Lagos "no marcar en las encuestas".

El debilitamiento de los partidos es elocuente en el escenario presidencial, con dos partidos sin candidato -PS y PC- y dos postulantes independientes, sin biografía política: Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez. El periodismo les permitió ser conocidos por la población, y esto llevó al pequeño PRSD y al Frente Amplio y RD, ambos en formación, a invitarlos como abanderados.

Ningún país mantiene una práctica de coaliciones permanentes. La CDU en Alemania ha gobernado por muchos años con los liberales del FDP y, en la actualidad, lo hace en gran coalición con el SPD. Sin embargo, cada partido ha mantenido su perfil propio, especialmente en las elecciones.

Sorprende que partidos "progresistas" justifiquen la continuidad del conglomerado por la tradición, ignoren la crisis de representación y del sistema económico, tengan aversión al cambio político y empleen el chantaje de la lista parlamentaria para forzar un acuerdo con un partido con el cual gobernaron y actuaron en coalición durante un cuarto de siglo, que ha tenido el coraje de tomar una decisión indispensable para el futuro de la democracia.

Dos candidaturas presidenciales, del PDC y la izquierda, que compiten ante el electorado, son el primer paso para enfrentar la crisis de representación y de legitimación del sistema económico.

jueves, 27 de abril de 2017

Abrazar Venezuela desde Chile - Christian Warnken

Abrazar Venezuela desde Chile

   
Las imágenes que nos llegan desde Caracas mostrando esas multitudinarias y heroicas manifestaciones del sufriente pueblo venezolano no debieran dejarnos indiferentes.

Venezuela fue un refugio cálido y generoso con muchos exiliados chilenos en tiempos difíciles. He escuchado el testimonio de algunos de ellos y todos coinciden en recordar el afecto y la solidaridad del pueblo venezolano con los chilenos de la diáspora de la dictadura. Entre ellos el poeta Gonzalo Rojas, que vivió en un departamento de la calle Turpial, en Caracas, que le da título a uno de sus poemas: "Turpial A 6-B". "Tengo de Venezuela los más bellos recuerdos. Nunca olvido que llegué allí desde una Alemania muy sombría (Alemania Oriental)... Fui acogido por mis grandes amigos. Viví feliz en Venezuela y trabajé mucho", recuerda el niño-viejo de Lebu del sur de Chile que volvió a florecer en ese pedazo del Caribe.

Hoy día nos toca a nosotros abrir los brazos a ese pueblo desbordante de energía, que está cruzando hoy su propio infierno, su noche oscura de la historia. No hay que olvidar que hasta este extremo sur del planeta llegó en el siglo XIX un venezolano ilustre, Andrés Bello, huyendo de una de esas turbulencias que cada cierto tiempo hunden a nuestra América Latina en el extravío. El trauma del caos político y social vivido por su generación despertó en él una "pasión por el orden" que de alguna manera heredamos de él y que nos dio décadas de estabilidad. A él le debemos todo: el Código Civil, la creación de la Universidad de Chile y las semillas de una cultura humanista, en un país que entonces era una aldea y en un cierto sentido un páramo.

Uno de nuestros padres de la patria es, entonces, un venezolano. A lo mejor muchos nuevos Andrés Bellos están llegando entre los miles de venezolanos que hoy se están domiciliando en Chile. Tenemos que conversar mucho con ellos (y con los cubanos, haitianos, colombianos), saber mirarnos en la diferencia y la complementariedad y enseñarnos unos a otros lo que nos falta.

Me alegro cuando escucho el acento venezolano en la calle o en el metro. El otro día degusté una "marquesa", la mítica torta de chocolate venezolana, en un café de venezolanos en Providencia. Cerré los ojos, y la "marquesa" fue mi "Madeleine" de un país que me gustaría conocer más, un país de dos rostros: uno violento, el otro muy dulce.

Los países no solo son países, sino también estados de ánimo y sensaciones. Sería interesante que los inmigrantes dijeran qué perciben y qué "degustan" de nosotros. Andrés Bello, en una carta escrita a un amigo, decía de Chile: "El país hasta ahora me gusta, aunque lo encuentro algo inferior a su reputación, sobre todo en cuanto a bellezas naturales. Echo de menos nuestra rica y pintoresca vegetación (...) y aún algo de la civilización intelectual de Caracas, en la época dichosa que precedió a la revolución. (...) En recompensa, se disfruta aquí de verdadera libertad, el país prospera (...) las gentes son agradables, el trato es fácil; se ven pocos sacerdotes..."

¿Nos habremos vuelto en estos últimos años inferiores a la reputación que teníamos en América Latina? ¿Seguimos siendo menos país que paisaje? ¿Somos más cultos o menos cultos que en el Chile del XIX, que fue el que conoció Bello? En cada venezolano que saludo veo a un bisnieto o bisnieta de Bello y me dan ganas de abrazarlos a todos. Cuando los abracemos, no olvidemos que nos estamos abrazando a nosotros mismos, pues una parte muy importante de nuestra identidad más profunda se la debemos a ese venezolano que traducía a Virgilio y Víctor Hugo y nos enseñó que "todas las verdades se tocan".

La verdad y el destino de Chile y Venezuela se tocan en alguna parte, nuestro exilio de ayer es el exilio de ellos hoy y la dictadura que los agobia es -aunque de distinto signo- como la dictadura que sufrimos ayer. Salgamos a la calle entonces a clamar por su libertad, como ellos clamaron con pasión por la nuestra.

domingo, 23 de abril de 2017

Dictadura de Maduro y ocaso de la izquierda - Roberto Ampuero

Dictadura de Maduro y ocaso de la izquierda
 
   
Curiosamente, nada expresa en forma tan profunda las irreconciliables diferencias que dividen hoy a la Nueva Mayoría como sus visiones respecto de la dictadura de Nicolás Maduro, que reprime brutalmente las masivas manifestaciones opositoras. El régimen no se detiene ni ante los muertos ni heridos, y el presidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, Diosdado Cabello, llegó al extremo de revelar en cadena nacional las direcciones de los líderes opositores: "Aquí están, una serie de ciudadanos, marcaditos, dónde viven, dónde se mueven".

Ante estos métodos, la NM no expresa una repulsa conjunta. Están, por un lado, el Partido Comunista y sus aliados, que justifican al régimen chavista, que cumplió con éxito una misión imposible: destruir la economía del país con las mayores reservas petroleras del mundo. Está, por otra parte, una izquierda que elude el tema o se distancia en forma tibia de los "excesos", y, por último, están los políticos (entre los que destacan los parlamentarios Jorge Tarud, PPD, y Matías, Patricio e Ignacio Walker, así como la ex ministra Mariana Aylwin, DC), que condenan sin ambages toda dictadura y solidarizan con la oposición venezolana.

Estas contradicciones parecieran una cuita más del oficialismo, pero en verdad implican consecuencias inquietantes para Chile. La primera: las diferencias no se circunscriben en la NM a la defensa universal de los derechos humanos, sino que contagiaron otras áreas cruciales, como la visión de la libertad, la democracia representativa, el manejo de la economía, la búsqueda de consensos o de la polarización política, o los asuntos exteriores, y tienen un efecto pernicioso sobre la cultura democrática. Cuando políticos justifican hoy dictaduras en ejercicio, debilitan la cultura y sensibilidad democrática nacional, en especial de los jóvenes.

La segunda consecuencia resulta más comprometedora para el país: En el caso hipotético de triunfar la NM en las próximas elecciones, ¿hacia dónde nos conduciría con tantas contradicciones en su interior? ¿Cómo afectaría la estabilidad del país en un clima en que la ciudadanía desconfía de la clase política? ¿Cómo se articularían esas visiones de izquierda entre sí y con las que laten en la DC? ¿Y qué concesiones estaría dispuesta a ofrecer la NM, con vistas a una segunda vuelta, al Frente Amplio? ¿Y quién tendría el liderazgo necesario para dirigir a un conglomerado semejante?

Se dice que la política exterior no define las elecciones presidenciales en casi ningún país. Y es cierto. Pero como hoy los políticos no pueden ignorar el álgido panorama latinoamericano, tampoco pueden disimular ante él sus convicciones profundas. Quien respalda hoy a Maduro, a Raúl Castro o a Daniel Ortega, o piensa que la reciente elección en Ecuador pasa el test de blancura, no está expresando solo simpatías por gobernantes regionales (o asiáticos, en el caso de quienes admiran a Kim Jong-un), sino también su convicción de que esos regímenes representan un modelo nada descartable para Chile y una forma justa de tratar a los opositores.

Conducir entre 2018 y 2022 a una NM escindida, que necesitaría al menos ser tolerada por el Frente Amplio, exigiría del presidenciable de izquierda, Alejandro Guillier, un rumbo que aún no exhibe. Quedó demostrado en su reciente entrevista a "El País". Ahí calificó a la vieja guardia de la Concertación de "personajes que han copado la política chilena por 40 o 50 años", y a Ricardo Lagos, de pertenecer a una época ida, y atribuyó su caída en popularidad al "fuego amigo" y al "castigo" ciudadano por la débil gestión de Michelle Bachelet. Como si no bastase, cargó contra los gobiernos izquierdistas de la región: "no tuvieron un proyecto de desarrollo sustentable... sino que aprovecharon los buenos precios del superciclo de las commo dities y hubo más gasto público, pero sin transformar las estructuras sociales. Por lo tanto, quedaron endeudados, con altos compromisos, sin tener cómo financiarlos. Eso sí que tiene atisbos de populismo".

Al examinar sus declaraciones sobre la DC (a la que acusó de presionar con ir a primera vuelta para mejor negociar sus intereses); sus ataques a los remanentes de la Concertación; su crítica al impacto de la gestión de Bachelet sobre su campaña, y su veredicto sobre los gobiernos de izquierda en la región, uno se pregunta a quién apela Guillier y con qué fuerzas pretende llegar a La Moneda y gobernar. También se dispara a los pies cuando dice estar tan lejos del gobierno de Donald Trump como del de Maduro, en una asociación que, para un aspirante a la Presidencia, revela miopía para diferenciar las circunstancias que atraviesan ambos países.

La NM debe hablar con una sola voz cuando se trata de defender la libertad y la democracia representativa, y cuando hay que condenar dictaduras o regímenes autoritarios. La Presidenta no puede seguir eludiendo a valientes líderes opositoras de Cuba y Venezuela cuando vienen a Chile a solicitar apoyo para defender los derechos humanos y construir sociedades democráticas. Erróneamente, la izquierda cree que haberse opuesto hace 28 años a una dictadura, le otorga carta blanca para justificar hoy a dictaduras de izquierda. Si parte de la izquierda criolla se hunde abrazada a regímenes represivos, le llevará decenios construir una identidad democrática.

miércoles, 19 de abril de 2017

jueves, 13 de abril de 2017

Carta a Ricardo Lagos - Christian Warnken

Carta a Ricardo Lagos

   
Soy un ciudadano que, como la mayoría de los ciudadanos, más que protagonizar la historia política de Chile, la ha padecido. Si cierro los ojos, veo -como en un sueño- unas banderas ondeando entre la multitud, cuando era muy niño, el año 73: después el sonido de los aviones y helicópteros apagando ese fervor y trayendo el miedo. Y luego largos, interminables años grises marcados por el sonsonete monocorde y ramplón del dictador.

De pronto aparece usted, una noche, en televisión apuntándolo con un dedo, despertándonos a todos de un largo letargo y de la resignación. Otra vez el fervor, la épica, la calle, las banderas... y luego, la desilusión, la desconfianza, el desencanto. El país donde estamos ahora.

Cuando se derrumban la épica y la ética en política, uno se siente náufrago y también huérfano. Huérfano de utopías que se desmoronaron en cámara rápida o que se transformaron solo en retórica, en "palabras vacías". No es fácil perder la fe, pero lo más insoportable ha sido ir perdiendo la esperanza. Nos decíamos "de izquierda". Pero ¿qué queda en pie de esa izquierda que nos daba identidad y pertenencia? Muy poco o nada. El capital moral de la izquierda, en Latinoamérica, fue dilapidado por sus líderes que, una vez que llegaron al poder, no dudaron en enriquecerse con dineros mal habidos. Y si no se aferraron al dinero, algunos de ellos se aferraron al poder, eternizándose en sus cargos o heredándoselos a sus hermanos o esposas. Usted no buscó ni lo uno ni lo otro.

Al escuchar su discurso de despedida, en el que anunciaba su retiro de la carrera presidencial, me di cuenta de que ya no era el Lagos impetuoso que había abierto con un gesto el fin de la dictadura, sino un Lagos más sereno, más sobrio que cerraba la transición con una renuncia. Qué impecabilidad y qué sobriedad: solo 6 minutos para decir lo necesario. ¡Qué soledad la suya! Sentí que en algún punto su soledad se tocaba con la de nosotros, los ciudadanos huérfanos. No pude dejar de recordar la soledad de Allende en un palacio en llamas. Pero ahora no era un incendio, sino un derrumbe: el de la política. Y confieso que me emocionó verlo a usted de pie, sobre esas ruinas, dando una clase magistral de grandeza a toda esa legión de políticos menores, sus "compañeros", que lo humillaron innecesariamente en una votación cobarde y secreta.

Cuando usted señaló con el dedo al dictador, muchos de ellos corrieron detrás de usted aclamándolo y pidiéndole que fuera presidente y usted dijo "no es mi tiempo". Esos mismos ahora lo acusaron de "soberbia" porque ya no les servía y no marcaba en esas encuestas que ellos transformaron en sus nuevos credos, pues se quedaron sin ideales ni ideas. Ellos no soportan la grandeza. El partido de ellos es el partido del Resentimiento, partido al que usted nunca perteneció. Una izquierda solo movida por el resentimiento y aferrada al poder no es una izquierda por la que valga la pena dar la vida.

Sí, es verdad, usted no es un caudillo. Los caudillos han devastado Latinoamérica. Usted es un estadista, una rareza en los tiempos de la política-espectáculo o de la política-negocio. Me faltaba verlo en la derrota, que es donde se reconocen los grandes líderes. El círculo de esta larga historia se me cierra. Gracias a la lección que nos ha dado, ya no creo que haya que dar por muerta la esperanza. Pero mi esperanza no la deposito ahora en los grandes discursos, sino en los gestos como el suyo, al haber entrado y salido con dignidad de esta contienda, sin calculadora en el bolsillo.

Hoy abundan los discursos, y faltan coraje y dignidad. Y eso fue lo que usted nos regaló ese lunes de otoño. Sí, tal vez viene un largo invierno, pero la primavera comienza cuando un líder suelta y dice -como usted dijo-: "amigos, la vida continúa". Ya no fue necesario apuntar el dedo: solo bastó su mirada, por la que me sentí interpelado. No sé a qué, pero a algo nuevo, que todavía no comienza. Cuando se abran de verdad las grandes alamedas.

Hoy abundan los discursos, y faltan coraje y dignidad. Y eso fue lo que usted nos regaló ese lunes de otoño.

miércoles, 12 de abril de 2017

Sabios y Honorables - Ernesto Ottone - El Mercurio -

Sabios y honorables
"...Lagos entendía plenamente el peligro de este tiempo para Chile, la desconfianza generalizada en la política, una experiencia de gobierno de escaso respaldo, una coalición política en la cual los particularismos predominan por sobre un proyecto compartido, una derecha con bríos restauradores y un neopopulismo en vías de su propia constitución...".

   
Humana, demasiado humana es la naturaleza humana, también curiosa, extremadamente curiosa.

Ha bastado que Ricardo Lagos renunciara a su aspiración de ser elegido Presidente de la República para que a buena parte de quienes ayer criticaban su obra de gobierno hasta la caricatura, reduciéndola a sus errores y límites, y pasaran bajo religioso silencio sus muchos aciertos, les volviera a la memoria su capacidad de gobierno, su construcción republicana, su eficiencia para enfrentar la adversidad económica, y compungidos le abrieran la puerta de la historia y reclamaran su lugar en el panteón de los elegidos.

Pero no solo eso, ellos presentan certificados de cercanía y reclaman sus ideas, sus propuestas y su sabiduría para el futuro de la patria, siempre que ello se dé lejos del poder...

La gran literatura ha mostrado desde siempre estas conductas. Vienen a la memoria las palabras que Shakespeare pone en boca de Marco Antonio en su oración fúnebre frente al cadáver de Julio César ensangrentado: "Amigos, queridos amigos, que no sea yo quien os empuje al motín. Los que han cometido esta acción son hombres dignos. Desconozco qué secretos y agravios tenían para hacer lo que hicieron. Ellos son sabios y honorables y no dudo que os darán razones. No he venido, amigos, a excitar vuestras pasiones".

Pero, claro, comparar tales conductas sería absurdo, un delirio que no corresponde a las prácticas de la competencia democrática. Sean cuales sean las motivaciones de los actuales dirigentes políticos, tenían todo el derecho a tomar sus decisiones.

Lagos, por su parte, ha reaccionado conforme a su recorrido de vida, desde la convicción ciudadana y la serenidad republicana.

Señaló una vez más lo que ya sabíamos, que no era un caudillo ni se sentía portador de una iluminación mesiánica, que las propuestas que había presentado al país, por más que fueran de avanzada e innovadoras, solo le daban sentido a su candidatura si concitaban en torno a ellas el apoyo de su espacio político y a partir de ello se abrían paso en la voluntad ciudadana.

Ello no sucedió, y por lo tanto para alguien que cree en la democracia y que entiende la política como un servicio y un proyecto colectivo, no cabía más que renunciar.

Constituye una simplonería señalar que no "era su tiempo" o que la "sociedad ha cambiado" para explicar su insuceso.

Lagos sabía que al ponerse a disposición de los chilenos corría un fuerte riesgo que requería mucho coraje, y lo hizo porque entendía plenamente el peligro de este tiempo para Chile, la desconfianza generalizada en la política, una experiencia de gobierno de escaso respaldo, una coalición política en la cual los particularismos predominan por sobre un proyecto compartido, una derecha con bríos restauradores y un neopopulismo en vías de su propia constitución.

Que la sociedad ha cambiado lo sabía quizás más que nadie. Sus propuestas se centran en los nuevos fenómenos sociales y lo que hizo fue proponer un camino de progreso para el futuro, ajeno tanto a los puros automatismos del mercado como a los fundacionalismos polarizadores.

Son muchas y complejas las razones que, más allá de la crónica y sus avatares, explican lo sucedido, y eso habrá que descifrarlo a su debido tiempo.

Lo importante hoy es preservar ese espacio de pensamiento y acción que conjuga la libertad y la igualdad que Lagos representa y que hace de la reforma un camino gradual y bien delineado.

A ello sin dudas Lagos podrá aportar con su reflexión y su vocación de hombre de Estado, agregando en torno a ese método reformista nuevas voluntades de acción capaces de contribuir a evitar una centroizquierda a la deriva y un Chile pobremente dirigido que pueda retrotraernos a la fragmentación social y a la polarización que precede al estancamiento.